Existe una época, además del final de año, perfecta para mirar atrás. El verano. Tal vez porque el sol obliga a bajar el ritmo, porque una terraza convierte el tiempo en conversación o porque la brisa que nos alivia tiene esa extraña capacidad de ordenar los recuerdos. Cuando dejamos que esos momentos reposen, encuentran su verdadero significado.

Todo comenzó con un mensaje de WhatsApp. “Ya estoy en Madrid. Enfrente de la Nunciatura. Mi ventana da a la puerta. Esta tarde te toca a ti”.
Aquel seis de junio, dos barbastrenses, uno de adopción, el obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez, y otro de nacimiento, quien escribe estas líneas, nos encontramos formando parte de uno de esos instantes que parecen pertenecer más a la memoria colectiva que a la biografía personal. El Papa León XIV acababa de llegar a España y, entre autoridades y protocolos, eligió que uno de sus primeros pasos fuera hacia CEDIA, el centro de atención a personas sin hogar de Cáritas. Toda una declaración de intenciones, que su puerta de entrada a Madrid fuera la de la caridad, la cercanía y la escucha.
Mientras esperábamos su llegada, me vino a la mente una película que había visto hacía poco tiempo: “Perfect Days”. No ocurre casi nada. Y, sin embargo, sucede todo. La belleza se esconde en la repetición de los gestos sencillos, en observar un árbol, en limpiar un espejo, en escuchar una canción mientras amanece. Vivimos rodeados de acontecimientos que aspiran a ser extraordinarios, cuando quizá la verdadera revolución consiste en detenerse ante alguien que el mundo ha decidido dejar de mirar. Esa es la labor diaria de Cáritas. Y eso fue lo que hizo el Papa aquella tarde.
Entró sin buscar el foco y lo encontró, precisamente, caminando hacia quienes nunca suelen ocuparlo. En CEDIA no hay alfombras rojas. Hay mochilas cargadas, suelas desgastadas, cafés compartidos, noches largas, nombres que vuelven a pronunciarse después de mucho tiempo sin que nadie los mencionara con cariño. Allí las personas recuperan algo mucho más importante que un techo, reencuentran la certeza de que siguen importándole a alguien. El centro trabaja desde una atención integral y personalizada para acompañar a quienes viven la dureza de la calle hacia un horizonte de dignidad y autonomía. Quizá por eso la escena tenía tanta fuerza. El sucesor de Pedro atravesando una puerta que miles de voluntarios cruzan cada día sin cámaras, sin titulares y sin aplausos.

Cuando observaba aquella visita, también pensé inevitablemente en mi tierra. En la distancia física que separa Madrid del Somontano y en la cercanía profunda que une a quienes entienden que esta organización empieza donde alguien deja de sentirse solo. Pensé en tantos proyectos que Cáritas Barbastro-Monzón sostiene silenciosamente, en los programas de acompañamiento a familias vulnerables, en el apoyo a personas mayores, en la acogida a migrantes, en la orientación laboral…en las respuestas cotidianas que nunca abrirán un informativo, pero que cambian vidas todos los días.
Vivimos tiempos en los que resulta demasiado fácil levantar trincheras. Basta abrir cualquier red social para comprobar que el ruido cotiza al alza y la escucha parece un valor en peligro de extinción. Sin embargo, aquella tarde quedó flotando una idea mucho más sencilla y mucho más exigente. Estamos llamados a ser mantenedores del amor y no del odio. Y ahora, cuando el verano invita a mirar hacia atrás, sin perder de vista el presente, ¿qué puerta elegimos nosotros?.





