Durante años pareció inevitable que las pantallas pequeñas terminarían arrinconando a las grandes, pero mientras el celular conquistaba nuestros bolsillos y buena parte de nuestro tiempo, la TV encontró una manera bastante inteligente de seguir siendo importante: dejó de servir únicamente para ver televisión. Hoy puede ser cine por la noche, consola después de clases, gimnasio por la mañana, reproductor de música durante una reunión o incluso una enorme ventana para volver a mirar las fotos de un viaje.
Y quizá ahí estuvo el giro que pocos anticiparon.
El celular ganó una batalla evidente, la de la pantalla personal. Está siempre con nosotros, cabe en una mano y permite hacer prácticamente de todo.
La televisión respondió especializándose en algo completamente diferente.
Ser la pantalla que compartimos.
Hubo un tiempo en que la televisión decidía por nosotros
No hace falta retroceder demasiado.
Durante décadas, ver televisión significaba consultar qué estaban transmitiendo y adaptarse a un horario. Una película empezaba a determinada hora. El programa favorito tenía un día concreto. Si llegábamos tarde, habíamos llegado tarde.
La pantalla mandaba.
Hoy esa relación prácticamente se ha invertido.
Nos sentamos y elegimos qué queremos hacer.
Una serie.
Un partido.
Un videojuego.
Un concierto.
Un documental.
Un tutorial.
Una rutina de ejercicios.
La pantalla permanece en el mismo sitio, pero su función cambia constantemente.
Y eso explica por qué quizá resulte incluso injusto seguir llamándola simplemente televisión.
Una misma pantalla puede vivir varias vidas en un solo día
Imaginemos un sábado cualquiera.
A las nueve de la mañana alguien pone una rutina de estiramientos.
Al mediodía aparecen videos musicales mientras se prepara la comida.
Por la tarde llegan los videojuegos.
Después, un partido.
Y cuando la casa finalmente se tranquiliza, empieza una película.
La pantalla no ha cambiado de lugar ni una sola vez. Todo lo demás sí.
Ese es uno de los grandes cambios de los últimos años: la televisión se ha convertido en una especie de infraestructura doméstica.
No siempre estamos “viendo la tele”.
Estamos utilizando una gran pantalla para aquello que necesitamos en cada momento.
Y eso abre posibilidades que muchas veces tenemos delante sin aprovecharlas.
El gimnasio también puede estar en la sala
Es probablemente uno de los usos más sencillos y, a la vez, uno de los que mejor muestran este cambio.
Seguir una rutina deportiva desde una pantalla grande resulta bastante diferente a intentar hacerlo mirando un celular apoyado precariamente contra una botella de agua.
La imagen se ve desde más lejos, resulta más sencillo seguir los movimientos y varias personas pueden participar a la vez.
Yoga, movilidad, baile, entrenamiento de fuerza o sesiones suaves de estiramiento encuentran así un lugar bastante natural en la sala.
No convierte la casa en un gimnasio profesional.
Tampoco hace falta.
Convierte diez metros cuadrados libres durante media hora en un espacio para movernos.
Y después el gimnasio desaparece con solo cambiar de contenido.
También puede convertirse en una enorme caja de recuerdos

Tenemos probablemente más fotografías que cualquier generación anterior.
El problema es que muchas viven encerradas en el celular.
Miles de imágenes almacenadas que apenas volvemos a mirar.
Pasarlas a una pantalla grande cambia completamente la experiencia.
Las fotos de un viaje, una celebración familiar o los primeros años de los hijos dejan de ser miniaturas que deslizamos rápidamente con el dedo y vuelven a convertirse en algo que varias personas pueden mirar juntas.
Incluso hay algo casi paradójico en ello.
Nunca habíamos tomado tantas fotografías y quizá nunca habíamos dedicado tan poco tiempo a mirarlas con calma.
La televisión puede recuperar precisamente eso.
Una noche cualquiera puede convertirse en aquella conversación que empieza con:
“¿Te acuerdas de esto?”
Y acaba una hora después.
El celular ganó lo individual; la TV conserva lo colectivo
Aquí está probablemente la diferencia más interesante entre ambas pantallas.
El celular está diseñado alrededor de una sola persona.
Lo sostenemos a centímetros de la cara. Utilizamos nuestros audífonos. Recibimos nuestras notificaciones. Seguimos nuestro algoritmo.
Es una experiencia extraordinariamente personal.
La televisión funciona de otra manera.
Puede haber cuatro personas viendo exactamente lo mismo al mismo tiempo.
Parece una obviedad, pero cada vez es menos habitual.
Un partido reúne.
Una película reúne.
Un videojuego puede reunir.
Un concierto puede reunir.
Incluso elegir qué película ver puede reunir, aunque a veces esa parte dure más que la propia película.
En un mundo donde cada miembro de una familia puede consumir contenidos distintos simultáneamente, la gran pantalla conserva una característica muy curiosamente valiosa, crea un punto común.
De espectador a jugador
La transformación resulta todavía más evidente con los videojuegos.
Aquí ya ni siquiera estamos viendo contenido.
Estamos actuando dentro de él.
Una consola convierte la pantalla en circuito de carreras, estadio, mundo fantástico o terreno de competición.
Y es interesante observar cómo cambia incluso la manera de ocupar la habitación.
Cuando vemos una película solemos recostarnos.
Cuando jugamos nos inclinamos hacia delante.
Cogemos el control.
Comentamos.
Celebramos.
Protestamos contra decisiones arbitrales que, en este caso, ni siquiera existen.
La misma pantalla que una hora antes servía para ver una serie se convierte en una experiencia completamente distinta.
La cocina encontró una ventana gigante
Hay otro uso menos evidente.
Tutoriales y recetas.
Intentar seguir una preparación complicada desde el celular tiene un pequeño inconveniente, tarde o temprano llega el momento de tocar la pantalla con las manos cubiertas de harina, aceite o alguna sustancia cuyo origen ya hemos olvidado.
Ver un tutorial en una pantalla grande permite dejar el dispositivo a distancia y seguir mejor cada paso.
Recetas, bricolaje, costura, manualidades o prácticamente cualquier aprendizaje visual puede beneficiarse de una pantalla que se ve desde varios metros.
Aquí aparece otra transformación interesante:
la televisión ya no solamente entretiene; también puede acompañarnos mientras aprendemos a hacer algo.
El nuevo equipo de música tiene pantalla
Antes había un aparato específico para escuchar música.
Ahora basta con elegir una canción.
La pantalla puede reproducir conciertos, videoclips, listas musicales o simplemente acompañar el ambiente de una reunión.
Y cuando varias personas están juntas aparece un fenómeno inevitable.
Alguien dice:
“Pon esta”.
Después otra persona quiere elegir la siguiente.
Y veinte minutos más tarde existe una programación musical completamente improvisada que probablemente ningún algoritmo habría previsto.
La tecnología puede ser muy sofisticada.
Pero seguimos utilizando algunas de sus funciones exactamente como antes, para compartir música con los demás.
Incluso puede decorar cuando nadie está mirando “televisión”
También ha cambiado la relación estética con la pantalla.
Una gran superficie negra apagada ocupa bastante espacio visual en una sala.
Por eso han aparecido usos que permiten mostrar fotografías, paisajes, obras gráficas o imágenes ambientales cuando no estamos viendo contenido tradicional.
No significa tener la pantalla encendida permanentemente.
Significa descubrir que un objeto tecnológico puede integrarse de distintas maneras en el espacio doméstico.
La televisión deja así de ser solamente un aparato colocado frente al sofá.
Forma parte de la habitación.
El control remoto ya no tiene todo el poder
Durante mucho tiempo, perder el control remoto podía paralizar la casa.
Hoy la situación es bastante distinta.
Las plataformas, las aplicaciones, el contenido enviado desde otros dispositivos y las distintas formas de conectar equipos han convertido a la televisión en un centro al que llegan contenidos desde muchos lugares.
Eso también cambia la forma en la que elegimos una pantalla.
La calidad de imagen sigue siendo fundamental, por supuesto.
Pero también importan cosas mucho más cotidianas:
¿Es fácil encontrar lo que quiero?
¿Las aplicaciones responden con rapidez?
¿Puedo enviar contenido desde mi celular sin convertirlo en un proyecto de ingeniería?
¿Puede utilizarla fácilmente toda la familia?
Son preguntas poco espectaculares.
Hasta que llevamos varios años utilizando el mismo aparato.
Entonces adquieren bastante importancia.
Una buena tecnología es la que invita a hacer cosas
Quizá durante demasiado tiempo medimos la evolución tecnológica preguntándonos únicamente qué podían hacer los dispositivos.
Ahora empieza a resultar igualmente interesante preguntarnos qué podemos hacer nosotros con ellos.
Hay una diferencia importante.
Una característica puede ser impresionante en una ficha técnica y no modificar nuestra vida cotidiana.
En cambio, una función aparentemente sencilla puede acabar utilizándose cada día.
La verdadera medida de utilidad aparece después de la novedad inicial.
Cuando dejamos de explorar menús.
Cuando desaparece la emoción de estrenar.
Cuando simplemente comenzamos a utilizar el aparato como parte de nuestra rutina.
Ahí descubrimos qué funciones importaban realmente.
¿Una semana sin ver “televisión”?
No hace falta apagar la pantalla.
Justamente al contrario.
Durante una semana, prueba a utilizarla para cosas diferentes a las habituales.
Un día pon música.
Otro recupera fotografías antiguas.
Haz una sesión de estiramientos.
Busca un documental sobre un tema que siempre te haya interesado.
Prueba un videojuego en familia.
Sigue una receta.
Mira un concierto.
Puede ocurrir algo bastante curioso, terminarás utilizando la televisión mucho más sin haber visto prácticamente televisión tradicional.
Y ahí se entiende perfectamente lo que ha sucedido con este dispositivo.
La TV aprendió a hacer más cosas
Cada vez que aparece una nueva tecnología solemos imaginar que la anterior tendrá que desaparecer.
La radio iba a morir.
El cine iba a morir.
Los libros iban a morir.
La televisión también parecía destinada a perder su lugar frente a las pantallas personales.
Pero la tecnología rara vez evoluciona de una manera tan ordenada.
A veces un dispositivo sobrevive precisamente porque encuentra una función diferente.
El celular se convirtió en nuestra pantalla privada, portátil e inmediata.
La televisión tenía poco sentido intentando competir allí.
En cambio, conservó algo que un teléfono difícilmente puede replicar:
una gran superficie alrededor de la cual pueden reunirse varias personas.
Y a partir de ahí encontró nuevas vidas.
Cine.
Música.
Videojuegos.
Deporte.
Ejercicio.
Aprendizaje.
Recuerdos.
Entretenimiento compartido.
Quizá por eso la historia más interesante de la televisión actual no sea que cada vez se ve mejor.
Es que cada vez sirve para hacer más cosas sin dejar de ocupar exactamente el mismo lugar de la sala.
Y resulta que aquella pantalla que algunos imaginaban destinada a desaparecer estaba haciendo algo mucho más inteligente: estaba aprendiendo a quedarse.

