Su imagen está asociada a la fiesta de Barbastro tras dos décadas de pretender asustar, sin conseguirlo, a los más pequeños, lanzando llamaradas de fuego. Lejos de ello, se ha convertido en el amigo de los infantes ya que se calcula que más de dos mil chupetes han colgado de su cuello y tripa, en el nacimiento de un nuevo rito de paso en plena infancia.
El dragón Belaín, custodiado por los integrantes de su cofradía, Salvador Cereza y Antonio Juste (a ellos se sumó en ocasiones Juanfer Briones), saldrá de su cueva bajo la Peñeta el 4 de septiembre para recorrer las calles de la ciudad del Vero y anunciar la fiesta mayor.
Con ésta serán ya dos décadas que la obra imaginada por Blas Coscollar y moldeada por el genial escultor valenciano Tomás Rouré, que ha dejado otros legados en la ciudad como las esculturas de los hermanos Argensola en la plaza del Mercado, recorren las fiestas mayores en Honor a la Natividad de Nuestra Señora, del 4 al 8 de septiembre.
Fue en 2005 cuando Blas Coscollar le propuso la idea al entonces concejal de Fiestas, Santiago Lisa, que aceptó encantado en su ánimo de ampliar la comparsa de gigantes y cabezudos.
La figura de Belaín no es una mera ficción. En el cantar de gesta francés ‘El sitio de Barbastro’ (s.XIII) y que se puede encontrar en la librería de la UNED de Barbastro, que cuenta la toma de la villa en 1064, se narra: “Una serpiente muy temible con una cresta echaba fuego por las fauces, la oí nombrar Belaín. Era grande, asquerosa para espantar a la gente, a ese diablo tuve que matar en la cárcel”. Coscollar tomó ese relato e imaginó junto a Roures el dragón, hoy ya símbolo de la ciudad.
En unos bajos de la calle Cotiella, Tomás Roures ‘alumbró’ a Belaín. Primero arcilla, después el molde y, por último, una capa de fibra de vidrio que sería ‘armada’ por partes, antes de proceder a los acabados finales.

En las fiestas de San Ramón de 2005 se presentó el huevo de dragón que anunciaba el regreso de Belaín a Barbastro. El acto, celebrado en la plaza del Mercado, estuvo arropado por unos padrinos especiales, Los Titiriteros de Binéfar que escenificaron en su honor la obra ‘Dragoncio’.
La pintura gótica de San Miguel matando al dragón, una de las joyas del Museo Diocesano, sirvió de ejemplo al escultor y la empresa Kaligrafía se encargó de los rótulos, mientras que el dragón fue pintado en Karcolor. La estructura metálica sobre la que se colocó corrió a cargo de Talleres Desiderio Solano.
Su bautizo, ya en 2006, fue tras un pasacalles que partió de la plaza de la Candelera, hasta la plaza del Mercado con música de los Dulzaineros del Somontano, mientras que pastelería Güerri elaboró el dulce ‘Dientes de Dragón’. Desde entonces, sus salidas son festivas: encender la hoguera de San Ramón el 19 de junio, si las restricciones por peligro de incendio no lo impiden, y durante las fiestas mayores.
Coscollar recuerda que durante los festejos por la coronación de Fernando VI (1746) desfiló por las calles de Barbastro una comparsa con un dragón por lo que la vinculación con la fiesta de Belaín tiene un referente histórico. “Mi idea era proponer un elemento más del bestiario, pensaba que bailara y compuse música para el dragón. Pero lo que fue tomando carácter fue el ‘rito de paso’ de los chupetes: los críos le dejan a Belaín el chupete y lleva una ristra de chupetes en el cuello. Los primeros años además fue el encargado de prender la hoguera y comenzó a subir mucha gente a la ermita de San Ramón, hasta que ha dejado de ser él quien la enciende”, explica Coscollar.
Belaín, símbolo de identidad
Su creador considera que el dragón supone un símbolo de identidad para todos los barbastrenses. “Refuerza el ‘nosotros’, nos hace sentirnos de algún sitio, pertenecer a un lugar. Y en la medida que lo va viviendo una generación tras otra se comparten cosas. Siempre digo que la fiesta, los rituales festivos, son una excusa para que sucedan cosas y cada uno la vive de una determinada manera y así la recuerda. Pienso que Belaín es una aportación muy interesante al patrimonio cultural de Barbastro, igual que la recuperación de los gozos de San Ramón, los danzantes o el cabezudo el Barbas, tamhién obra y regalo de Tomás Roures”.
El concejal Santiago Lisa se encargó de buscar a sus portantes. Conocía a Salvador Cereza, de Pozán de Vero, y desde el barrio San Juan se involucró Antonio Juste. Ambos aceptaron el reto de forma incondicional pese a las considerables dimensiones: casi tres metros de ancho y cinco de largo y entre 250 y 300 kilos de peso. En las primeras salidas, uno de ellos iba en el interior, y el otro empujaba. Desde el interior se lanzaba agua a través la nariz del monstruo.
Salvador cuenta como fue la primera salida: “Estábamos con miedo porque no sabíamos cómo iba a salir la cosa. En principio se pensaba que podríamos llevarlo sin ruedas, pero era inviable. Salió todo bien, a la gente le gustó y hasta la fecha les sigue gustando”.
Antonio “aceptó por amor al arte. Y desde la presentación en 2005 hasta ahora. Al principio hemos sido tres o cuatro, pero ahora sólo estamos Salvador y yo. Hemos salido todos los 4 de septiembre menos una vez que llovió. La primera vez fue muy emocionante”.
Al año siguiente, en 2007, Belaín fue el encargado de prender la hoguera de San Ramón y tampoco faltó a la cita de la Expo 2008 de Zaragoza junto a sus queridos Titiriteros de Binéfar. “Fue muy divertido, había muchísima gente y les gustó bastante”, recuerda Cereza, quien apunta como anécdota que después de ir a comer, “nos encontramos al dragón en el suelo tirado por el Cierzo y con un ala rota” que hubo que reparar. Fue la única herida que ha sufrido Belaín en estos años.
En alguna ocasión ha desfilado también en el Coso Blanco y en la retreta final de fiestas, pero no ha llegado a tener continuidad.
Los portantes destacan también cómo los niños interactúan con el dragón. “Los más pequeños lo quieren montar en su cuello y los mayores quieren saltar delante del fuego, alguno se le quema la camiseta, pero son días de fiesta y hay que disfrutar”, afirma. Y a este respecto, reivindican más bengalas.
Para Antonio, lo más emocionante es el ritual de los chupetes. “Algunos vuelven al día siguiente a buscarlo, aunque son los pocos. Con el fuego también los críos se lo pasan pipa”.
Desde la cofradía de Belaín consideran que las fiestas no se entienden sin el dragón: “Es un elemento que no se puede perder. Ya tenemos ganas de que llegue el 4, que haga buen tiempo y poder salir todos los días”.
Para saber más sobre el dragón Belaín, cabe remitirse al cuento escrito por Manuel Domínguez, de La Ronda de Boltaña, e ilustrado por Tomás Roures ‘El regreso del dragón’.


