En el momento de escribir estas líneas, los expertos, expertas y expertes del gobierno, no han decidido aún qué Leopard vamos a enviar a Ucrania. El Leopard es un blindado que nació en 1965 y desde entonces ha sufrido continuas actualizaciones y mejoras. Lo que parece seguro es que no serán Leopard de última generación. Da risa oír hablar de “revisiones y reparaciones” para enfrentarse a la última tecnología rusa. A lo mejor, con suerte, aparece en algún parque de chatarra algún M47, que con una manita de pintura pueda pasar el control de calidad. El que pasaban las compras en el ejercito del genial Gila: “De color, bien. Pero no dispara”.
Lo que también parece seguro es que Europa se va a poner de rodillas, si no lo está ya. Alemania, el supuesto corazón de la supuesta Unión Europea, muere de miedo y de frío. Y ya no puede volver la cara hacia el gran guardián de occidente, porque desde que éste se dedica a sacar los presidentes de los geriátricos, no está para muchos trotes. Y si esto no basta, nos queda la pobreza que viene en forma de inflación y de precios disparatados por causa de esta imprevista guerra.
¿Imprevista? Puede que para nosotros, pero no para los espabilados que nos desangran. Desde el conflicto bélico del Yom Kippur (1973), países considerados de segundo orden se dieron cuenta del enorme poder que representaba tener los grifos en sus terrenos. Las siete hermanas (siete grandes compañías que controlaban el mundo del petróleo), que miraban con desdén a un enanito llamado OPEP, vieron como éste crecía hasta convertirse en poco tiempo en un gigante. La energía, la segunda de las necesidades básicas del primer mundo, dio un gran salto de precios.
El primer aviso fue señalar la inevitable extinción del petróleo, por consumo de todas las reservas, que no llegarían al siglo XXI. La gran masa, asustada e ignorante, se lo creyó. De inmediato se miró a la energía nuclear, un rival incómodo porque sus fuentes están demasiado diversificadas para poder montar fácilmente un oligopolio como los grifos de la OPEP. Nació, de la nada, un clamor que identificaba la nuclear con Hiroshima y pedía la solar a gritos. Hay quien dice que el disparadero fue Chernóbyl, pero no es cierto. En 1986 la campaña tenía ya una docena de años – no hace falta explicar el bajo nivel tecnológico de las solares de entonces – y la moratoria nuclear se habían iniciado en España en 1983. Las compañías eléctricas la soportaron “abnegadamente” con 730 mil millones de pesetas de indemnización, que, por supuesto, fue a parar a las facturas del sufrido consumidor. Cuando en 1994 vio la luz la Ley de Ordenación del Sistema Eléctrico Español, la moratoria llevaba años ejecutada.
Una guerra que se le ha antojado al señor Putin sirve de pretexto para disparar los precios. Cortés actitud por parte del cártel de los señores del gas y del petróleo, porque objetivamente hablando no necesitan ningún pretexto. Dependemos de su benevolencia. Ahí están todos los que son, y además han incluido a China, el único país infraproductor que se toman en serio, y probablemente el único que merece que le tomen. Desarrolla un rápido y ambicioso programa de generación nuclear al tiempo que se hace con los derechos de los nuevos minerales necesarios para las nuevas tecnologías. Poco le falta para ser el líder económico del mundo, si no lo es ya, y con eso los grilletes de la dependencia quedarán cerrados. Gracias a lo cual, a China no le interesa que el señor Putin se pase de madre en lo que a violencia se refiere, porque, si la guerra se extiende, terminará salpicando a alguna de sus propiedades. Que mate, pero despacito.
Y mientras, líderes de Francia y Alemania no saben cómo explicar que es necesario volver a las nucleares, en tanto que sus opositores, con gran “sentido” de Estado, se frotan las manos, pensando que por ahí donde va a ir el enemigo es al despeñadero político. Cincuenta años de lavado de cerebro no se reparan en un discurso de media hora, por brillante que sea.
De la primera de las necesidades básicas del primer mundo (y del segundo y del tercero y del cuarto… ), que es la alimentación, íbamos a hablar otro día, pero creo que no será necesario. La estadística ya lo ha hecho. Enero es un mes donde los precios tradicionalmente se retraen porque tenemos la costumbre de ponernos morados en las fiestas de diciembre. Pues bien, este enero ha batido records de aumento de precios en el sector alimentario. Nadie explica nada. Como no explicaron que Chernóbyl fue la consecuencia de una ingeniería chapuza impuesta por su gobierno, que exigía resultados eficientes con inversiones insuficientes. No me consta que haya habido reactores RBMK fuera de la Unión Soviética. Claro que aun no existía WANO (la organización mundial que trata de la seguridad en plantas nucleares), pero, de haber existido, a ellos les hubiera importado una higa. Esperaron un momento adecuado para tener en servicio a personal de segunda fila, sin que hubiera verdaderos expertos, para realizar un “experimento” audaz. Tan audaz como parar los generadores eléctricos de enfriamiento del reactor, a ver si podía seguir suministrando a una red exigente por la cantidad de paradas e incidencias en otros reactores. Y no pudo.
Chernóbyl está en Ucrania. Vaya usted a saber si esto influyó en su elección. Las autoridades soviéticas impusieron una mordaza de silencio sobre el accidente. A fecha actual, no es posible saber la mortandad que causó la subsiguiente radiación. Fueron afectadas en su área cinco millones de personas, a las que añadir otro medio millón por trabajos de descontaminación. Alcanzaron a trece países europeos de su entorno, aunque, sin duda, la mayoría de las víctimas fueron ucranianos.
Hoy los ucranianos tienen que seguir muriendo, por más que el reactor esté enterrado en un sarcófago de hormigón. Los matan el frío y las armas. No pueden huir de la guerra porque defienden sus casas y su gente. Con tanques o sin tanques, están obligados a seguir en la guerra, aunque sea con un palo. Pero tranquilos, que ya llega el 2030, la frontera de la felicidad. En sus hitos, erradicar la pobreza y el hambre, la paz, la justicia, la solidez de las instituciones y una energía asequible, segura y sostenible para todos. Me pregunto cómo se atreven los que nos mandan a llamar sostenibles a ciertas formas de energía en un país pobre en viento y agua. Nuestros nuevos molinos de viento, nos dicen, ya superan el 45% de la potencia instalada. Eso significa que nos darían un muy alto porcentaje de la energía consumida si giraran un muy alto número de horas. Pero giran cuando quiere el viento, por lo que nos están dando entre el 6% y el 7%, con unos costes de inversión impagables. Como ven, en el camino 2030 vamos lanzados.
Así que cabe en el programa otro lavado de cerebro, esta vez intensísimo. Nos lo van a dejar inmaculado. De color, bien, pero para pensar no quieren que sirva.


