El pasado Domingo de Pascua, fui testigo de un comportamiento completamente decadente: un abuso misógino que contrarresta y ridiculiza completamente la Pascua cristiana.
De lleno en la madrugada, un espécimen de aspecto humano a primera vista intentó poseer a mi compañera a la fuerza, a no más de un palmo de mi blanca y estupefacta cara.
Hasta 3 veces ella repitió «¡no!»; más de 3 veces él la agredió con tocamientos no consentidos bajo un estandarte de impunidad que debería ser erradicado ipso facto.
Las personas que allí nos encontrábamos rápidamente pusimos fin a una vergonzosa escena que nunca debió suceder.
Por suerte un bar típico de la capital del Somontano –Barbastro– nos ayudó a tranquilizarnos y no buscar venganza más allá de la crítica constructiva aquí expuesta.
Me llama la atención que carguemos pasos y andemos descalzos para empatizar con el martirio sufrido por nuestro señor, para honrarle, si lo más básico que Jesús nos transmitió no lo sabemos poner en práctica: El amor al prójimo, la bondad y la igualdad común como base de convivencia social.

