En las escuelas se repartía la leche en polvo de la ayuda americana. Hacía muy poco del final del racionamiento. Todavía no había aparecido en las carreteras españolas el SEAT 600… Estoy hablando del año 1.955.
En ese año, mi padre, Joaquín Revilla, “chófer” de profesión, compró un taxi; Un viejo Ford con matrícula HU-1955. Mucho han cambiado las cosas desde entonces. Mucho ha cambiado el “mundo del taxi” desde entonces. Los taxis ya no llevan la placa de SP, pero el espíritu de servicio público ha sido y es para nosotros el leitmotiv de nuestro trabajo.
En 1.984, mi padre se jubiló y yo me hice cargo del taxi. Los tiempos estaban cambiando. Desde ese momento comencé a ampliar y a adaptar los taxis a las nuevas necesidades como el transporte de grupos, transporte escolar y de enfermos, etc. Durante estos los 67 años que hemos estado en activo, hemos realizado todo tipo de servicios, hemos recorrido millones de kilómetros; hemos llevado a todo tipo de viajeros a destinos de lo más variopinto: a bodas, de vacaciones, a funerales, de fiesta por los pueblos… Afortunadamente con poquísimos incidentes y con muchas anécdotas, que algún día me gustaría contar.
Con un regusto melancólico, después de llevar casi la mitad de la historia del automóvil siendo taxistas, ha llegado el momento de descansar. Pero antes, quiero despedirme y agradecer a todos los clientes y amigos, conductores y compañeros de profesión, de los árboles del Coso, a cuya sombra hemos pasado tantas horas, A todos muchas gracias.
Quiero acabar con un recuerdo muy especial a dos mujeres que han contribuido fundamentalmente a que todo esto haya sido posible, gracias a su comprensión y su renuncia: Luisa y Marité, Muchas gracias.
Jonás Revilla, taxista


