Durante los últimos años, por muy diversas circunstancias e incluso por interés de sigla, estamos asistiendo a la pretensión de cuestionar y generar un desenfocado debate político y social en torno a la Agenda 2030 y también acerca del propio concepto de desarrollo sostenible.
Los objetivos, aprobados por todos los estados miembros de las Naciones Unidas, tratan de garantizar la vida en este planeta y una vida mejor para todas las personas. Presentar, como hacen algunos, esos fines a modo de reprobable imposición que coarta la libertad, sobre una base ideológica, revela un desconocimiento grave o, como decía, otros intereses.
Entre esos objetivos de desarrollo sostenible evidentemente, deben estar los relativos a la preservación del clima y de la Tierra, que están fuera de toda discusión, tengamos cada cual las ideas que tengamos.
Nadie duda ya de que determinadas actividades que realizan los seres humanos, además de estar dañando el medio ambiente, están amenazando a una parte importante de la humanidad. El informe de La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de finales del año 2021, es muy claro al respecto y ya cifra que el bienestar de dos quintos de la población mundial está en riesgo.
Los estudios señalan que la agricultura, uno de los sectores con mayor incidencia económica, social y territorial en la comarca del Somontano, origina el 12% del CO2 que se lanza a la atmosfera. Sin embargo, todos tenemos claro que para sobrevivir es imprescindible cultivar, porque tanto animales como personas tenemos que comer, porque la conservación del paisaje humanizado evita otros males mayores, porque los medios de subsistencia y el empleo de muchas personas dependen del campo y el ganado, porque hay pueblos y cultura que perviven gracias a esas labores.
Ahora bien, llegados a este punto todos vemos imprescindible también reducir las emisiones. Si se tuviera que definir un objetivo debería ser que nuestro suelo fuera capaz de producir alimentos utilizando tan solo los recursos naturales y eso solo se puede conseguir si somos capaces de ayudar a que el suelo albergue una gran cantidad de vida, vida diversa, vida complementaria que ayude a la polinización, vida que albergue especies que regulen las plagas y sobre todo vida que genere vida.
Tenemos la suerte de habitar un territorio en el que una gran parte de su superficie alberga una biodiversidad digna de estudio. Se puede asegurar que esto es así porque los habitantes de esta comarca han sido, durante siglos, grandes custodios del paisaje. A pocos metros de la capital de la comarca podemos pasear por caminos en los que transitamos por diversidad de cultivos de olivos con carrascas en las márgenes, campos de cereal de invierno en secano con almendros perimetrando la propiedad, almendros mezclados con olivos y viñedos en los que la cubierta vegetal ya tiene su espacio. Así ha sido tradicionalmente y hay que tratar de volver a esos usos, asegurando la rentabilidad, pero también la sostenibilidad. O será inviable, por agotamiento de los recursos.
Creo que en líneas generales, en el Somontano, la mayoría de los agricultores están haciendo las cosas bien y en un gran número de explotaciones ya se está estableciendo un modelo de gestión en la que se cuida la salud del suelo, evitando el uso indiscriminado de fertilizantes y productos químicos que a veces se implantó como único remedio décadas atrás, ayudando ahora al restringirlo a mantener la biodiversidad del entorno, con el fomento de la mezcla de especies, evitando la erosión manteniendo la cubierta vegetal, combinando adecuadamente la agricultura y la ganadería, además de realizar un óptimo aprovechamiento del agua. Nuevos proyectos, como el impulsado desde la Comarca del Somontano respecto a las oliveras, caminan en esa dirección.
Al tiempo, tenemos que concienciarnos de que nuestros hábitos de compra deben modificarse para elegir los productos de temporada, los que la naturaleza ofrece en su ciclo vital, y cuanto más naturales, mejor.
Resumiendo, se trata de evitar que la producción y extracción de alimentos sea destructiva. Entre todos podemos conseguir que obtener qué comer deje de ser un acto dañino al planeta para convertirse en una acción regenerativa del ecosistema, que garantice no sólo el hoy sino el mañana.
Todo ello no es un ataque de modernidad, ni una dictadura. Es una valoración de las mejores costumbres heredadas, justamente para seguir viviendo del campo por generaciones, y es una visión de futuro que contagiar y compartir porque nos afecta e importa a todos. Aquí, en Barbastro y el Somontano también o más, porque esta zona no se puede entender sin agricultura y porque este sector tiene que luchar por un porvenir mejor, aprovechando todo su enorme potencial, con el apoyo que requiere.

