Los perros pueden ser aliados terapéuticos para personas con trastornos emocionales.
La investigación muestra que la interacción con animales disminuye el cortisol (la hormona del estrés) y la presión arterial, reduce la soledad aumentando el apoyo social y eleva el ánimo.
Acariciar a un perro libera oxitocina (la hormona del amor), aporta rutina y actividad física, lo que favorece el sueño y el control vital.
Un estudio durante la pandemia (Powell et al., 2021) comparó a más de 700 dueños de perros con personas que querían tener uno. Los propietarios mostraron menos síntomas de depresión y declararon mayor apoyo social. Los investigadores atribuyen este efecto al vínculo y al propósito que da cuidar del animal.
Además, los dueños expresaron una actitud más positiva y un mayor compromiso, reflejo de una relación afectiva que fortalece la autoestima y la resiliencia.
A nivel individual, convivir con un perro fomenta la autoeficacia, la regulación emocional y la liberación de hormonas del bienestar. Pasear al perro obliga a salir de casa, reduce el aislamiento y aumenta la exposición a la luz natural. También favorece la responsabilidad, la creación de hábitos y la disciplina diaria.
La necesidad de atender sus cuidados actúa como activación conductual, ayudando a romper el círculo de inactividad, apatía, pérdida de energía o aislamiento, síntomas tan característicos en enfermedades como la depresión.
En el plano social, los perros actúan como facilitadores de interacción, sirven de tema de conversación y favorecen el vínculo con vecinos y otros dueños, generando redes de apoyo y disminuyendo la sensación de soledad.
Esta combinación de beneficios personales y sociales complementa, aunque no sustituya, las intervenciones psicoterapéuticas y farmacológicas, de forma muy favorable.
Los profesionales deben promover una adopción responsable y asegurarse de que la persona y su círculo de apoyo estén preparados para asumir el compromiso, de modo que el perro reciba los cuidados adecuados y el beneficio sea mutuo.


