Una gran alegría inundaba a este grupito de aventureros. Tampoco se atisbaba la más mínima duda en cuanto a la bajada , que fue, una vez alejados de los peligros de la arista, reposada, tranquila, haciendo fotos de igloos que habían servido a alguien para vivaquear y que además , podíamos hacer ya que la niebla se había quedado agarrada a la cumbre, en la zona más alta.
De nuevo infinidad de huellas hacían el camino muy evidente y la felicidad que embargaba el ánimo, tan exaltado él, impedía que miráramos el reloj, en el que inexorablemente caían las horas.
Ya en el descenso del refugio Goûter a Pili Noguero le entró un inesperado tembleque pues destrepábamos con el vacío a nuestros pies y, a pesar de los cables, si sentías el más mínimo vértigo, la faena se las traía.
Firki y yo, fieles guardianes a la vez que acompañantes de nuestra querida Pili, con paciencia y despreocupación supimos ayudarla a descender, y además lo hubiéramos hecho, aunque hubiera sido en la sillita de la reina en caso de necesidad.
Ya bien entrada la tarde, cuando llegamos al apeadero del tranvía y…, lógicamente, lo encontramos vacío y cerrado, pensamos tan tranquilos.»- ¡No Problem! continuaremos andando junto a las vías «y como ya imaginábamos, más tarde, también el teleférico estaba cerrado cuando llegamos a él. Suerte que un perfecto sendero de bajada zigzagueaba entre el bosque y por él con calma y, en mi caso con la cabeza a punto de estallar en fortísimos dolores causados por el cambio de presión, fuimos descendiendo poco a poco hasta el fondo del valle. Había que cruzar la meta al llegar a Chamonix ya con las últimas luces de la tarde. Este descenso espectacular, de un total de metros de desnivel de tres mil ochocientos, nos había trasladado desde la cima del Mont Blanc hasta la ciudad sobre la que preside, Chamonix , y desde la que se le señala con el dedo de los pioneros en la estatua de la plaza mayor.
Comentando este relato con Pili, hace unos días, ella no lo recordaba, pero yo estoy seguro que, eufóricos y entusiasmados, salimos del camping a celebrar nuestra conquista en un restaurante sin importar mucho el precio.
A la mañana siguiente, último día de nuestro trayecto mini-vacacional, emprendimos el viaje de regreso apurando, nada más salir de Chamonix, para hacer una paradita y unas compras de recuerdos . Firki se compró unas gafas enormes de pasta color rosa con las que bromeó todo el viaje y a las que ya en Barbastro colocó cristales graduados llevándolas durante unos años.
También yo me animé y adquirí unos pantalones de montaña, que en nuestro país todavía no se conocían mucho, ya que para la montaña aún se empleaban los viejos pantalones bávaros,y como además estábamos en plenas rebajas de verano su precio era más que asequible aunque como en agosto sólo quedan restos, ya tan sólo me quedaron unos de mi talla, y de color rosa, con unos refuerzos en tela de flores multicolores. Me ocurría igual que a Firki con su compra; eran ambas de un color muy sugerente, creo, para colectivos adoradores del amor, «a contracorriente», si se me permite la broma.
No quisiera cansar con más anécdotas del viaje de vuelta, que las hubo, como quedarnos sin gasolina y al salir de la autopista no encontrar gasolineras por la noche que no funcionaran sin tarjeta de crédito o alguna parada motivada por puro hambre para comprar manzanas en puestos ambulantes junto a la carretera y sentir que éstas, a pesar de tener buen aspecto, no sabían a nada que se pudiera calificar como dulce.
Al final de esta historia, un poco rocambolesca, si me permitís, me pongo serio para citar, como hice al principio, al impulsor espiritual de nuestro viaje, CARLOS VIVES, amigo de la infancia en las aulas de los Escolapios, y también fue uno más, y de lo más especial, entre los amigos que tuve en el ambiente del club MAB en aquellos años, compartiendo por ejemplo la docencia en los cursos de esquí de montaña .
Pero en Abril de 1993 nos dejó haciendo lo que más le gustaba, practicar montañismo del bueno, preparando siempre objetivos de conquistar montañas en macizos de países lejanos. Una avalancha se lo llevó junto a otro compañero, Vicente Pérez. Compartíamos los tres, además, un puesto en la junta directiva de nuestro club, Montañeros de Aragón, recién iniciada la andadura, en 1992, que capitanea todavía, y ojalá por muchos años , el bueno de José Masgrau.
Bueno, amigos, ya me quedan pocas aventuras «grandes» que contar, sobre todo si no consigo documento gráfico que las acompañe. Tampoco sé si estas historias basadas en hechos reales os sabrán bien, pero lo que sí os digo es que a mí me hacen rejuvenecer y volver a sentir momentos de éxtasis vividos en la montaña pero que descansan bien guardados en la memoria y en el corazón y de los que siento un irrefrenable deseo por compartir con todos vosotros.






