¿Qué sintió al cerrar la puerta por última vez después de 48 años, cerrando una historia que comenzó en 1860?
La tienda la fundó mi tatarabuelo Manuel Gómez López que vino de Cuenca. Era militar y vino aquí, se casó y montó la ferretería. Sentí una pena enorme, porque la ferretería ha sido toda mi vida. Pero ya no sólo por mí, si no por mis padres, mis abuelos, toda la familia. No ha sido ninguna alegría de momento. Me imagino que, dentro de unos días, cuando haya pasado el duelo, esto cambiara.
De alguna forma la ferretería tendrá continuidad con otro propietario. Gracias a Dios, Ernesto Cáncer, con el que somos contraparientes y es propietario de una empresa muy antigua, quiere continuar con la misma línea que hemos llevado aquí, en otro lugar, con otro nombre y se queda con los dos empleados que he tenido que para mí es lo más valioso que hay en esta tienda, porque al final el género es material. Y los empleados son corazón. Este oficio no es fácil, no se aprende de un día para otro. Son horas y tiempo.
Y noches, ya que usted también es cerrajero y le ha tocado abrir muchas puertas…
(risas) Ese es otro tema. Mis empleados también van a continuar con la cerrajería. Han hecho cursos y yo les voy apoyar. La cerrajería es fácil en teoría y los cursos, pero la práctica es muy importante y te encuentras mil historias distintas, se aprende con la experiencia. Y en la ferretería también les echaré una mano, aunque sea un rato al día.
¿Cuántas anécdotas e historias detrás del mostrador?
Habría muchas que contar, da para mucho y en cerrajería ni te cuento las que hay. En el año 60, mi padre ponía la clasificación de tercera división en una barra y con jugadores que hizo el carpintero Durán y pintado por el caricaturista Wladi. Según como quedaban ponía a los equipos delante o detrás en el escaparate. Esto la gente mayor aún se acuerda.
Estamos hablando de la historia de Barbastro.
Esto es historia de Barbastro. Yo se lo he enseñado a alguno de más de 80 años y se ha emocionado. Lo del fútbol y lo del Tour de Francia la gente se sigue acordando.
¿Cómo lo del Tour de Francia?
Mi padre hablaba francés perfectamente porque seguía el Tour de Francia. Entonces no es como ahora, tú coges el móvil y en un momento sabes quién ha ganado en el Tourmalet. Entonces había que esperar al día siguiente al periódico. Mi padre se conectaba con un transistor grande a una emisora francesa y en el momento que subían el Tourmalet lo escribía en el escaparate. Y la gente se amontonaba afuera. Aún hay gente que me lo recuerda y yo de crío recuerdo a las seis de la tarde ver Bahamontes, Ocaña, Pulidor… Cada media hora mi padre escribía quién iba el primero, como el que va en la moto en la carrera. Las emisoras de España no hacían eso. En Barbastro todo el mundo sabía qué pasaba en el Tour de Francia por mi padre.
A eso se le llamaría hoy en día marketing puro.
Sí, sí. Ahora eso es inviable, pero es una cosa curiosa. Ahora los móviles te lo dan todo en directo. Mucha gente mayor me para por la calle y me lo dicen.
Ya que habla de tecnología, ¿cómo ha podido competir un negocio centenario como el suyo frente al comercio electrónico y mantener una clientela tan fiel?
Esa clientela a la larga se va. No he sucumbido, pero mucha de esa clientela ha desaparecido por edad y el comercio electrónico se te come. Es comprensible. Yo si viviera en una borda del Pirineo cogería el móvil y haría un pedido y al día siguiente estaría el paquete. Antiguamente la gente tenía que venir a Barbastro. Y el mejor día de la semana era el sábado. Ahora es el peor día, el mejor es el lunes y lo he hablado también con otros comercios. Ahora la gente se va a la playa o a comprar a Zaragoza. Es así.


