Eran las cinco de la tarde. Otra vez eran las cinco de la tarde y se acabó la magia. El cielo podría desplomarse y no esperaría
para comprobar cómo dejaba plano todo ese panorama de infame ausencia. Volví a sumergir mi cuerpo en el agua. Hasta las antenas. El calor del mar funcionó como el bálsamo que necesitaba. Todo me remitía a su presencia perdida hacía dos días. A las citas a ras de mar siempre a las cinco de la tarde. Compro la eternidad a plazos cada jornada hasta que llegan las cinco de la tarde. No puedo contener ni un minuto más la expectación. Por eso exploto en el instante mismo que pasa ese momento. No puedo ahogar con recuerdos una felicidad huérfana. Desaparezco ayer, hoy y mañana, ojalá mañana se acabe esta tragedia.
El mar devuelve irisaciones estrelladas al sol que aún se permite penetrar con sus dedos multidireccionales hasta la plataforma de arena donde habito. Ahí me dirijo cuando me parece ver unas antenas moverse por el fondo. ¿Puede ser? ¿Habré resuelto mi estúpida espera? Bajo con disimulada prisa, no quiero parecer ansioso. Ya estoy, casi la toco, la toqué. ¿Pero qué es esto? Es el cadáver de un congénere. Me doy la vuelta desquiciado. Pero, ¿cómo? ¡Si no puedo salir!
La lucha fue inútil. La nasa estaba ideada para pescar los centollos adultos como él. Como ella antes. Dieron las cinco de la tarde muchas veces más y dio absolutamente lo mismo.
«Me encantan los centollos con albariños a cualquier hora», oí a lo lejos.





