Durante el fin de semana del carnaval dos mujeres han protagonizado respuestas muy distintas a sendos encuentros con el Poder: una de ellas había quedado viuda tras el vil asesinato de su marido, guardia civil, triturado por las hélices de tres motores fuera borda; el dolor no alteró su gesto de impedir que un representante del Poder impusiera una medalla al féretro de su marido, a título póstumo; se opuso cuatro veces, y añadió que callaba lo que pensaba por respeto a sus hijas, allí presentes.
Horas después, en una fiesta sobre el cine español, otra mujer se acercó micrófono en mano al representante máximo del Poder ejecutivo. Ante él se mostró genuflexa, licuada de admiración y, tras habernos informado de que se había hecho un poco de pis y se acababa de echar un eructo, se despidió así del Gran Timonel: «¡Te queremos Presi!». Y la fiesta continuó en un ambiente de terapia colectiva autocomplaciente.
Ignoro cuánto va a incrementar la concesión de la medalla a la pensión de la viuda, pero sospecho que deberán transcurrir varias décadas hasta alcanzar lo cobrado en unas pocas horas por la incontinente presentadora (en eructos, orines y halagos).
Antes de matar a los guardia civiles los narcotraficantes jugaron con ellos, rodeándolos reiteradamente con su macro lancha, como hace el gato con el ratón antes de matarlo. Algún biólogo dice que los gatos no lo hacen por ser sádicos sino por ser meros animales, para entretenerse… Los narcos también se entretuvieron con unas personas antes de asesinarlas.
El hombre tiene una capacidad singular de empatía hacia el dolor ajeno, un nivel de condolencia propia que coexiste con otra de índole social, colectiva, que responde más a influencias externas…, campañas orquestadas… y medios de comunicación. Así, un accidente aéreo donde mueren más de 60 soldados españoles (me refiero al Jak en Turkia) ocasionó un lógico enojo social; pero otro accidente posterior, con 18 muertos (el Cougar en Afganistán) no mereció irritación social alguna… La condolencia de la masa social se mueve por unos parámetros difíciles de entender.
En el caso de estos dos guardia civiles cada uno de nosotros sintió su condolencia y su personal dolor; el de un psicópata, (y por lo visto a los miembros de la «cultureta» del cine español) su dolor es nulo. Pero en lo que se refiere a la «condolencia social», a la irritación colectiva, su intensidad me ha parecido mucho menor a la que surgió, por ejemplo, con el sacrifico del perro Excalibur.
Como muestra transcribo la noticia publicada en El Mundo de fecha 9 de octubre de 2014:
Durante toda la mañana, un grupo de activistas defensores de los animales se ha concentrado frente a la urbanización donde reside el matrimonio ahora aislado en el Hospital de La Paz-Carlos III. Medio centenar de ellos hizo guardia desde la tarde del martes y durante toda esta noche para tratar de evitar que sacrifique a la mascota.
El número de activistas fue aumentando a lo largo de la mañana, al igual que el tono de sus protestas, hasta el punto de que se han vivido momentos de cierta tensión con las fuerzas de seguridad desplazadas al domicilio. Finalmente, la Policía desalojó a las personas que permanecían concentradas y que exigían la protección del animal al grito de «Excalibur, no estás solo» y «Ana Mato dimisión».
En el tumulto formado cuando sacaron al can, un hombre de unos 30 años resultó herido al caer al suelo y golpearse la cabeza cuando arrancó la furgoneta.
Según un activista, el hombre ha sido arrollado por la furgoneta que se llevaba al perro. Sanitarios de una ambulancia de Protección Civil de Alcorcón han atendido al herido y a una chica que ha sufrido un desfallecimiento.
Tras alejarse la furgoneta, tres mujeres se tumbaron en la calzada con las manos cogidas en señal de protesta y con carteles en los que se podía leer «Sacrificio 0», «Ana Mato dimisión» y «Excalibur, el mundo está contigo».
(La identificación del Mundo con la particular vida de cada cual es una distorsión, o exageración, que la sicología cognitiva llama «aumento». «Si nosotras paramos se para el Mundo», he leído muchas veces…)
Cuando lo de Excalibur, en 2014, estábamos de viaje por Bélgica y Holanda, y el día del sacrificio, a la noche, nos habíamos acercado a la Grand Place de Bruselas, ajenos por completo al caso del perro. A esas horas la plaza estaba casi desierta, y al fondo se oían las voces de unos jóvenes españoles que, de pronto, quedaron en silencio atentos a la llamada telefónica que una chica recibía:¡ Ha muerto..! ¡Pobre perro…! exclamó muy dolida al cortar la llamada…; aquel sentido lamento en Bruselas nos puso al corriente del extraordinario drama social que se cernía sobre España.
La viuda iba de luto, la presentadora de negro y el «Presi» de smoking. Era fin de semana de carnaval.
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