El 22 de abril de 2010 decidimos subir a Cotiella con esquís. Ese año pernoctamos el albergue de Saravillo, donde nuestro amigo Benjamín Pérez nos
recibió con especial cordialidad pues estamos muy unidos a él y su familia desde hace muchos años.
Él mismo, días atrás nos ponía en contacto con Angel Luis, el guarda forestal de Saravillo, que amablemente nos había dado información de cómo se encontraba la pista que asciende hacia la Basa de la Mora y del estado de la nieve. Sus últimas recomendaciones fueron claras: «¡ No os descuidéis, por las tardes llueve y la nieve se está yendo rápido!». Tampoco me olvido de nuestro querido colaborador, Joaquín Torres Borruel, y su certero pronóstico del tiempo.
Por fin, formamos un grupo de siete montañeros donde se conjugaba veteranía y juventud, todo bien entrelazado por un vínculo muy fuerte: la amistad y… ¿por qué no decirlo? tres monzoneros y cuatro del barranqué en esa comunión
que existe entre nuestras dos ciudades años ha.
La clave de aquella temporada atípica en la climatología, con tan poca nieve, nos la dieron unos amigos que intentaban la ascensión un día antes, el sábado 21, y era rotunda: MADRUGAR, ya que, nos decían, la nieve está dura por la mañana pero a eso de mediodía se transforma rápido y cuesta mucho incluso descender con esquís.
Con la estrategia bien consensuada durante la cena del sábado nos levantamos ya el domingo a las 4.30 y eran las 6.15 cuando comenzábamos la marcha partiendo desde la pista de la basa de la Mora en su penúltima curva y desviando allí hacia el Valle de Lavasar. Fuimos al principio ayudados por las linternas frontales y, ya con las primeras luces del día, nos pusimos los esquís. Como nos habían dicho, la nieve estaba dura y para ascender al collado que nos
situaría junto a la base de las Agujas del Lavasar nos pusimos las cuchillas antiderrapantes.
A esta horas de la mañana, apenas las puntas de las Agujas recibían unos tímidos rayos de sol que las encendían de rojo calizo como si fueran enormes velas apuntando al cielo.


