Los culos de Tinto Brass fueron perdiendo turgencia, los viejos se volvieron reaccionarios y el Madrid ganó otra liga. La vida, tan previsible, tan aburrida. Y vuelve la navidad, con lo tranquilos que estábamos. Mientras tanto habrá que ir precisando si eres más de esta Expaña tuya o de esta España nuestra. Como siempre.
Lo primero será inmunizarse a las pascuas y para eso nada como Plácido de Berlanga. Mano de santo. Hay muchos apellidos que se usan como adjetivos, pero eso no tiene mérito. Otra cosa es que estén en el diccionario, espacio normalmente reservado a apellidos de notables genocidas. Berlanga, ese hombre que diseccionaba su mundo con la precisión de un cirujano y el conocimiento de un antropólogo, desarrolla en Plácido una trama navideña que contiene en sí misma un tiempo y un país, y es que, como dice la película en la escena de la subasta, una cosa es advertir al público que las cifras de tipo irrisorio no se toman en cuenta por estimar que se trata de bromas de mal gusto y otra que esas cantidades sean la mitad del sueldo de un trabajador. La película es el reflejo de realidades paralelas que se tocan sin llegar nunca a mezclarse, la certeza de que de los pobres nunca se halla un amigo y la absurda ostentación de una caridad totalmente disfuncional. Las navidades de Plácido son berlanguianas porque la sociedad española es berlanguiana: rara, pero posible, caótica y coral, costumbrista y contradictoria. Lo curioso no es que sean un reflejo de la España de los cincuenta, sino que lo sean también de la España actual. Esa chapuza atemporal que nos retrata como país, nos divierte y nos sorprende. Termina siendo un meme. A veces dos.
Pero no todo serán villancicos ridículos, las navidades son muchas otras cosas. Valerio Lazarov repitiendo con la R de los goles del fútbol la teta de Sabrina mientras el país entero, o al menos la mitad, contenía la respiración como solo lo volvió a hacer cuando Iniesta enfiló a Maarten Stekelenburg en Sudáfrica. O el oso con la cabeza colgando de la cabalgata de Cádiz, como si volviese de nochevieja O aquellos dos empleados de banca tras la comida de empresa en locuaz alteración psicotrópica aclarando el eterno dilema sobre la hipoteca fija o variable, debate a la altura de la cebolla en la tortilla de patata. O el surruralista belén que había en un finca frutícola de la ribera del Cinca hecho con escaleras de coger melocotones, demasiado conceptual y vanguardista para su tiempo. O aquel club de alterne de un pueblo de Toledo en el que se repartió un gordo de Navidad del que, sorprendentemente, nadie tenía números y todos pasaron a ser sospechosos. O esos balcones y fachadas con luces de colores en los que solo falta Chimo Bayo y los supercopas turbo. Al final resulta que Berlanga es como Dios, que está en todos sitios. Da igual que no creas, lo terminas viendo. Y solo queda rendirse.


