Los bares son mucho más que lugares donde nos sirven bebida y comida. Son el corazón de las ciudades y los pueblos.
Son lugares de encuentro donde se forjan amistades, se fortalecen relaciones y se celebran eventos significativos. En ellos nos relajamos, compartimos historias, debatimos ideas y experimentamos el sentido de pertenencia a una comunidad. Son testigos silenciosos de la cotidianidad y de los momentos extraordinarios de la vida. En definitiva, son reflejo de la esencia de la convivencia humana a lo largo de la historia. Aunque su encanto y vitalidad se mantiene durante todo el año, en verano, los bares y sus terrazas cobran vida propia, convirtiéndose en oasis urbanos donde disfrutar de la calidez del momento y punto de encuentro de reuniones familiares y con amigos que nos visitan cada estío.
Los ‘bares’ en la Prehistoria: hogueras, cuevas y primeros ‘banquetes’
La Comarca del Somontano ha sido un lugar de asentamiento desde tiempos prehistóricos. Los primeros habitantes del Somontano vivían en pequeños grupos nómadas o semi-nómadas cerca de fuentes de agua. Los restos arqueológicos han revelado que las hogueras eran centros de interacción social donde se contaban historias, se compartían conocimientos y se fortalecían lazos comunitarios. El arte rupestre en lugares como la Cueva de la Fuente del Trucho indican que estos sitios eran puntos importantes de encuentro. Las pinturas y grabados en paredes de cuevas y abrigos podrían haber sido parte de rituales destinados a asegurar el éxito en la caza o a honrar a los espíritus de los animales; fuera cual fuera el motivo, reuniones y momentos de interacción social había en dichos lugares. Por otro lado, la caza mayor que requería la colaboración de varios individuos, además de ser motor para la supervivencia, posibilitaba el intercambio de estrategias, y los festejos tras su éxito pueden considerarse una de las primeras formas de banquete.
Primeras bebidas fermentadas
Es difícil precisar cuándo se empezaron a fermentar bebidas. No existe documentación exhaustiva sobre las bebidas consumidas en esa época, pero las evidencias arqueológicas y los estudios antropológicos permiten hacernos una idea. Se han encontrado residuos de bebidas fermentadas en recipientes antiguos de China, datados en el período neolítico. En la Prehistoria, la fermentación de bebidas se produjo por accidente, cuando frutas, granos y miel, expuestos al ambiente, comenzaron a fermentar de manera natural. Estos primeros brebajes no eran refinados, pero servían para el consumo diario, tenían efectos antibacterianos y eran usados en ceremonias y rituales.
Una de las primeras bebidas fermentadas que se cree se consumió en la región fue el hidromiel por la simplicidad de su elaboración. Se obtiene de la fermentación de miel diluida en agua. Por otro lado, el Somontano, por su clima y flora, habría permitido la fermentación de jugos de frutas y bayas silvestres.
Edad Antigua: vino en tinaja, cerveza e hidromiel
Antes de la llegada de los romanos, el Somontano estuvo habitado por tribus íberas cuyos asentamientos contaban con plazas, centro de la vida comunitaria. Estas tribus tuvieron una rica tradición en la producción y consumo de bebidas alcohólicas. El vino fue una de las bebidas alcohólicas más importantes para ellos. Adoptaron técnicas de viticultura de los fenicios y griegos que introdujeron cepas de uva y métodos de producción más avanzados. Utilizaron tinajas de barro para fermentar y almacenar el vino. Estas tinajas muestran que la producción de vino era una actividad bien establecida. Hoy, el enólogo barbastrense Víctor Clavería, elabora al vino madurado en tinajas de barro como hace 8.000 años, en su bodega en Almunia de San Juan con uvas del Somontano, manteniendo esa conexión temporal con los primeros viticultores.
El vino no solo se consumía en contextos cotidianos, también tenía un papel ceremonial y ritual, utilizado en banquetes y ofrendas religiosas. Los íberos además intercambiaban su vino con otras regiones, hecho que no solo enriquecía la variedad de vinos disponibles, sino que también fomentaba relaciones comerciales y culturales con otras civilizaciones.
Aunque el vino era predominante, también hay evidencias de que las tribus íberas producían y consumían una forma primitiva de cerveza a partir de la fermentación de granos de cebada y trigo. Este proceso de fermentación era más sencillo y accesible que la producción de vino, lo que hacía que la cerveza fuera común en los contextos menos pudientes. Se almacenaba en recipientes de cerámica, y aunque la calidad y sabor de la cerveza íbera fuera rudimentaria, era una parte importante de la dieta y nutrición de los íberos. Heredero de esa producción artesanal es Bachiella, la cerveza que se produce en Salas Bajas y Pozán de Vero.
El hidromiel también era consumido en las tribus íberas por la disponibilidad de miel en la región. Era muy apreciado por su sabor dulce y sus propiedades conservantes que lo hacían ideal para almacenar y consumir durante todo el año. Estas prácticas no solo satisficieron necesidades nutricionales y sociales, sino que establecieron una base cultural que influiría en las tradiciones vitivinícolas y cerveceras de la región en épocas posteriores.
Con la llegada de los romanos en el siglo II a.C., el Somontano experimentó una transformación significativa. Los romanos introdujeron nuevas técnicas agrícolas, de construcción y de producción de vino. Siglos y siglos pasarían hasta llegar al presente donde seguimos celebrando en comunión torno a vino o cerveza, u otras bebidas no alcohólicas, también de una forma ritual en terrazas de bares o en el Festival del Vino del Somontano. Pero de esa historia ya nos ocuparemos en otras entregas.


