Pedro Solana. Cae la tarde fría de diciembre. Como cada día , aparco la bicicleta junto a la puerta del bar Alhambra y, ya dentro, al calor de un buen café, extiendo el periódico sobre la barra para iniciar su lectura reposada. “Pero… ¡vaya sorpresa tan agradable…!” En primera página se informa, se resume, un encuentro de expertos reunidos en el foro que trata el tema de los aludes y de las técnicas de rescate en avalanchas.
Leo y leo con avidez y, mientras suena “Imagine” de John Lennon, siento una gran alegría y a la vez gratitud ya que por fin la prensa dirige su mirada hacia los
temas de formación que atañen al montañismo invernal. No puedo evitar una sensación de desahogo y bienestar pero, a la vez, mis ojos se humedecen cuando en mi memoria afloran unas escenas que quedaron firmemente grabadas esa tarde del 10 de febrero de 2007 en aquel recóndito paraje aledaño a la estación de esquí de Formigal.
En muchas ocasiones he narrado aventuras montañeras que vienen a ser una recopilación de vivencias cuya lectura desprende aromas de optimismo. Destilan alegría y desfilan ante el lector al son de una alegre balada, entre pinceladas que para algunos estarían teñidas con tintes de épica pero que, al fin y al cabo, solo muestran la emoción que sacude nuestro corazón durante el desarrollo de la actividad deportiva.
Hoy no es el caso. Hoy intentaré narrar un episodio que, sin duda, se acercará
más a una tragedia que, situándome al borde del precipicio, concluirá en un instante de catarsis después del cual pudiera no haber retorno.
Será como fijar una disyuntiva sobre mi larga trayectoria de vivencias orientada a la enseñanza en los cursos de esquí de montaña dirigidos a tantos y tantos jóvenes que se han acercado hasta nuestros clubes, ávidos de aprender y ejercitarse en este deporte.


