Os voy a hablar de la historia de una pequeña ciudad de Estados Unidos habitada, entre otros, por cinco personajes principales.
Mister Singer: con él y su ambigua relación con su amigo y compañero de piso, ambos mudos, comienza esta historia. Sí, es mudo, el bueno de Singer, pero curiosamente es esa persona en la que todos confían para conversar.
Mick: una adolescente que sueña con componer música y comprarse un piano a plazos. Una chica a la que le gusta visitar la biblioteca y acudir a la escuela. Es casi una niña, pero su situación social, hace que vaya por la vida tirando de ella, y de sus hermanos.
Biff Branon y su bar: porque ese bar donde todos acaban bebiendo es casi un personaje más de novela. Biff, ese personaje que es buen tipo, pero cuyos pensamientos hacen que desconfíes, y mucho, de él a lo largo de la lectura
Bount: el borracho que deambula por la vida con lo puesto, intentando hacer la revolución por su cuenta, pero tropezando continuamente con su ira y el alcohol.
El doctor Copeland: un médico negro que se ha entregado a su comunidad, que pasa consulta aun estando enfermo, que lucha por los derechos de su raza, pese a arrastrar una enfermad , pero eternamente marcado por un pecado del pasado, pegó a su mujer y ella y sus hijos le abandonaron.
Rodean a estos personajes su familia, sus amigos, los cuidadores de la residencia, el primer amor… Y cada uno tiene su propia historia.
Es este libro una suma de vivencias de unos de otros. Se podría hablar de cada personaje, de cada historia, de todo lo que aporta la novela, pero es imposible, porque esta narración está repleta de micro relatos de cazadores solitarios cuyos corazones esconden su pequeña tragedia.
La prosa es fluida, aunque en algún punto se hace pesada…Ahora pes poesía, ahora es descripción, ahora narrativa pura.
Tal vez demasiadas historias cortas que dejan algo huecas otras, como finalizadas de manera precipitada, pero sin duda una novela muy recomendable, llena de momentos bonitos. Muy bonitos.
Así comienza:
“En la ciudad había dos mudos. Estaban siempre juntos. Cada mañana a primera hora salían de la casa en la que vivían y bajaban por la calle en dirección al trabajo, cogidos del brazo. Los dos amigos eran muy diferentes. El que siempre encabezaba la marcha era un griego obeso y soñador. En verano llevaba un polo amarillo o verde chapuceramente embutido en los pantalones por delante y suelto por detrás. Cuando hacía frío, se echaba encima un informe jersey gris. Tenía la cara redonda y grasienta, de párpados semicerrados y labios que se curvaban en una blanda y estúpida sonrisa. El otro mudo era alto, y en sus ojos brillaba una expresión vivaz, inteligente. Vestía siempre de forma inmaculada y sobria.”

