Tengo la suerte de vivir en una casa con una fachada al cauce del río Cinca, y otra a terreno urbano. Llegada la noche, sentado en la terraza Sur, oigo el murmullo del río…, el croar de las ranas y me sobrecoge el cielo estrellado de diamantíferas luces que surcan algunos aviones que vienen de Escandinavia y pasan camino de Alicante o Valencia…
El croar de las ranas, y el grillar de los grillos son cantos a la vida, a la supervivencia de la especie, la invitación sonora al apareamiento.
Pero desde la ventana que asoma al terreno urbano el sonido cambia, y a veces se oyen ladridos de algún perro asustado por el ruido inesperado de un coche que pasa, o de una cazuela que cae…
Este verano, con las ventanas abiertas, un nuevo sonido que jamás había escuchado ha irrumpido en la urbanización; es un sonido al que denomino «siar», los síes femeninos que salen por las ventanas abiertas, de vecinas sopranos, o contraltos, que manifiestan de manera indubitada su asentimiento y aceptación al apareamiento. Como quiere la ministra.
Los síes evolucionan a lo largo de la noche y me evocan el hundimiento de la vieja nave del patriarcado, cuyo trinquete y mesana golpean el mar con SI…, SI…, SI… golpes que no cesan. Alguna vecina, cuya voz de mezzosoprano identificó, grita distinto un «¡ Claro que sí marido!» y me parece inaudito con la imagen recatada y mohína que aparenta.
El hundimiento del patriarcado, el surgir de una nueva era en la historia de la Humanidad, lo oigo por la noche desde mi ventana. Es un espectáculo que no me quiero perder y muchas noches me acuesto pasadas las doce.
Es la voz oculta, acallada, durante tantos milenios de oprobio.

