Para mí la Navidad es esa fecha especial que empieza recordando a los niños de San Ildefonso canturreando los números del sorteo de la lotería. Muchas veces he revivido esa escena que me ha acompañado de mayor, relacionándola, al mismo tiempo, con el principio de las vacaciones de Navidad.
Soy incapaz de desligar estas fiestas del acto simbólico del sorteo; sin embargo, la lotería que ansío en estos momentos de mi vida es continuar con mis rutinas diarias, seguir teniendo ilusión por las cosas, y, por qué no, soñar que podemos vivir en un mundo mejor y que ese sueño se convierta en realidad.
Tal vez, cuando nos hacemos mayores es más complicado encontrar esa magia que nos envuelve, irradiando destellos a nuestro alrededor. Tenemos otras preocupaciones, como la pérdida del respeto que rige nuestra civilización debido a la barbarie inhumana de las guerras, y surgen oscuros presagios difíciles de desenterrar.
El tiempo que estamos en la tierra es muy corto y no quiero sentirme presa de un miedo inmisericorde, ni quiero desechar una convivencia en armonía con mis semejantes.
Quiero que la Navidad sea, como dice Washington Irving, la estación para encender el fuego de la hospitalidad en el salón y la llama genial de la caridad en el corazón.



