En plena época del meme hay uno que me hace especialmente gracia “Tal y como van las cosas, yo creo que, si mañana nos invadiesen los extraterrestres, solo preguntaríamos si vamos a la oficina o teletrabajamos”.
No importa si perteneces a la generación z, y, x o al baby boom, todos nos hemos tenido que adaptar a esta no tan nueva modalidad de trabajo. ¿Es imprescindible siempre que lo haga de forma presencial? Desde hace más de once años es un debate que está encima de la mesa de todos los despachos de recursos humanos y que, salvo en grandes multinacionales, nunca se ha materializado, bien por el miedo a que el trabajador perdiera el tiempo en tareas del hogar o por la falta de control que esto suponía para el mánager. Sin embargo, ¿acaso no malgastamos horas en nuestro puesto físico frente a la cafetera o visitando páginas de internet?
La excepcional situación del COVID ha roto todas las polémicas y nos ha obligado a aceptar lo que de forma errónea denominamos ahora home office o teletrabajo. Para considerar que estamos teletrabajando debemos dejarlo regulado por escrito y las empresas deben pactar en ese mismo documento los gastos que abonan al colaborador en concepto de oficina, material, luz, internet… Además de implicar otra regulación en materia de prevención de riesgos laborales. Por lo tanto, todos los que nos hemos visto obligados a trabajar en casa debido a la pandemia, la borrasca filomena o la futura invasión de alienígenas que antes predecíamos, no estaríamos realizando esta práctica regulada por la nueva ley de teletrabajo. Dicho de otra forma, toda situación en la que yo trabaje desde casa por mi seguridad y para cumplir medidas higiénico sanitarias no podría considerarse teletrabajo.
La fórmula que más han utilizado las empresas intentando evitar su implantación definitiva, ha sido un régimen mixto en el que se asiste una semana de forma presencial y otra semana se trabaja desde casa. Cuando lleguemos a una situación de mayor normalidad y podamos volver a nuestras oficinas de una forma segura, preveo que se abrirá un debate en torno a estas prácticas todavía más profundo entre trabajador y empresa.
¿Le conviene al trabajador estar permanentemente conectado? ¿Es más fácil conciliar la vida familiar con el trabajo si lo hago a distancia? ¿Es necesario vivir en el lugar donde está mi empresa, aunque eso implique mayores gastos y menor calidad de vida? ¿Aseguramos el compromiso y la motivación de nuestros trabajadores comunicándonos a través de una pantalla? ¿Surgen ideas creativas sin compartir espacio físico?
Como profesional de Recursos Humanos, creo que el éxito reside en un equilibro, flexibilizando que el trabajador y la empresa pauten días de actividad en casa y otros en oficina. De esta forma, ofrecemos una herramienta útil de conciliación a los equipos y dejamos espacios creativos y de cooperación en oficina. Mientras tanto, debates aparte y con la que está cayendo, tenemos dos razones para amar esta modalidad: si puedes practicarlo es porque tienes casa y también trabajo.


