José Luis Pascual, Pepelu (Guatemala). En medio de la mejoría del tiempo (por Guatemala ya pasó el frente frío) ha sucedido esta semana una noticia trágica que nos ha dejado congelados a muchos. Los datos técnicos todos los sabemos, por lo que yo me voy a limitar a
una reflexión que espero nos deje, cuando menos, cuestionados a todos.Si decimos que el terremoto de este martes 12 de enero de 2.010 en el vecino país caribeño de Haití, ha sido 35 veces más fuerte que la bomba de Hirosima, podemos hacernos una ligera idea de la magnitud de la tragedia que siguen viviendo los supervivientes.
El título metafórico del artículo, a mí particularmente que tengo un amor especial a Teruel, a sus gentes y a su patrimonio cultural, me conmueve desde el punto de vista comparativo. Teruel no llega a 150.000 los habitantes que hay en toda la provincia. Si nos referimos a nuestra querida Huesca del alma, que la llevamos en la sangre que corre por nuestras venas, supera en poco los 200.000 habitantes (un cuarta parte de ellos están localizados en Huesca capital). Pues bien, según los datos que me han llegado hace unos momentos, superan ya los 100.000 muertos en esta catástrofe natural. Y todavía siguen contando los que hay debajo de las ruinas por cientos. Estamos hablando de 2 Huescas enteras que han desaparecido del mapa en cosa de un abrir y cerrar de ojos y muchos quizá todavía no nos hemos (yo el primero para que nadie se ofenda) dado cuenta, o creemos que con un donativo de 10 euros nos auto-ponemos una x en nuestra casilla solidaria.
Tienen que hacer barricadas con los propios muertos para reivindicar y protestar porque la ayuda humanitaria nos les está llegando todavía a los que
han quedado vivos. Y eso que no hablamos de los saqueos e injusticias que vienen detrás de una ayuda, que no siempre es «justamente repartida» (como decía hace años el grupo de Folk andaluz Jarcha, en una de sus canciones símbolo). Por supuesto que quién generosamente da, colabora con la causa, pero hay mucha gente que sabe sacar provecho personal de las desgracias de los demás.
De todos es sabido que Haití era conocido por ser el país más pobre de América y con mucho. Los números así lo han reflejado durante los últimos 30 años. Pues bien, a este país paupérrimo, se le suman ahora las consecuencias que dentro de unas semanas, cuando ya no sea noticia esta tragedia y las ayudas dejen de llegar, van a tener los habitantes de esta isla caribeña.
Por lo que sigo escuchando en Guatemala (y hace más de 30 años que sucedió un terremoto terrible, 4 de febrero de 1976) las secuelas del mismo todavía están en muchos de sus habitantes. No quiero ni imaginarme a estos (doblemente) pobres hermanos nuestros haitianos, que por no tener no tienen ni espacio para que llegue la ayuda humanitaria en aviones o en barcos (los tres
muelles del puerto se hundieron tras el terremoto….).
Por supuesto que las muestras de solidaridad del mundo entero no se ha hecho esperar y eso dice mucho a favor de la sensibilidad de los seres humanos sobre la faz del planeta. Pero, yo desde esta parte del mundo les invito a todos ustedes a ponerse la mano en el corazón y a intentar al menos comprender la magnitud de la catástrofe, que no va a cambiar mucho nuestro rumbo de vida, pero si quizá nos puede ayudar a sensibilizarnos un poco y a cuestionarnos más sobre el sentido de la vida ¿Quién soy yo? ¿Para qué vivo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo me afecta personalmente esta tragedia?
Próxima semana… (como dicen en Guatemala) «A saber… que pasará».





