Es un clásico de cada mes de diciembre.
Es acercarse el día 6 y el tema vuelve a revitalizarse y saltar a la actualidad con renovado vigor. Hay que cambiar la Constitución.
Es verdad que, hasta ahora, la cosa era más bien como la alarma del reloj, una función cíclica y repetitiva con poco fundamento y la utilidad justa, a la que sus protagonistas se aplicaban con tan poco conocimiento como entusiasmo.
Nacionalistas, tecnócratas y estadistas de medio pelo se despachaban con la frase señalando cada uno aquello que le parecía mal en nuestra Carta Magna, cual era la errata histórica que debía ser introducida, modificada o eliminada en su propio beneficio, claro, sin importar la incongruencia o injusticia resultante.
Pero llegaron los de la nueva política, los salvadores de este país al parecer tercermundista, misógino y amargado para arreglarlo y comenzando, claro esta, por el sainete obvio: Hay que cambiar la Constitución.
Una generación nacida y criada en el seno de la informática y las nuevas tecnologías y con la inexperiencia vital que atesoran a sus veinti (treinta a lo sumo) pocos años no pueden resistirse a tratar cualquier Ley o mandato que no les gusta o se les antoja pernicioso como de un archivo cualquiera, bajo el yugo del create, edit o delete. Así de simple.
Estando acostumbrados como están, más a los videojuegos que a los libros de historia y a las asambleas de pasillo más que a las clases, les resulta cómodo escuchar una opinión ya formada (bien o mal no importa) y adoptarla como propia para, seguidamente, montar todo un artificio bélico alrededor de la cuestión con tanto ruido como pocas nueces, razones y horas de estudio invertidas en el trance.
Así, a falta de chicha académica, de lectura objetiva y razonada del texto, los foros y blogs de internet proveen del argumentario básico, con cuestiones que al mismo tiempo le dan colorido a la reivindicación, todo muy al estilo progre, todo muy moderno y cool, muy toma la plaza.
Hay que cambiar la Constitución porque no fue votada por TODOS los españoles, incluyendo en esta categoría a los no nacidos ni concebidos; hay que tirarla por la ventana porque sus creadores fueron hombres y no intervino mano femenina alguna en su redacción, porque está hecha al gusto de quienes gobiernan ese Estado paralelo llamado IBEX35 o de la propia Iglesia Católica, porque no refleja la actual configuración social (cada uno la que tenga en su imaginación) o porque no tengo mejores cosas que decir cuando me acercan un micrófono al morro.
Y nada de cambios operados desde la misma Constitución. Reformas simples, agravadas y demás pamplinas que no hacen sino desvirtuar la voz del pueblo. Hay que hacerlo de manera tumultuaria en asambleas con la participación de un poder constituyente ciudadano que sepa lo que realmente necesita la sociedad…
Así es como pretendemos hacer las cosas en este país, y así se ha ido cuajando nuestra historia, a base de pronunciamientos más o menos evidentes y sangrantes.
No niego que la Constitución necesite una reforma, pero no como pretenden una inmensa minoría de inconscientes ni mayor que la que necesitan otros que, sin conocerla ni haberla siquiera leído, se permiten el lujo de dar lecciones de democracia a base de zarpazos a la historia y astracanadas que sólo evidencian una falta de conocimientos y exceso de ego preocupantes tanto por venir de una generación, en teoría bien preparada, o de unos aspirantes a políticos que no se si me dan más miedo que risa.
Puede que haya que cambiar la Constitución, pero el cómo y el por qué y por quién me preocupan. Lo reconozco.

