Cuando llegaban las vacaciones era el tiempo en el que estábamos en la calle. No había televisión en nuestras casas y en cuanto acabábamos de comer ya salíamos disparados.
La sombra de los callejones y el frescor de los patios nos servían de refugio ante aquel sol de verano abrasador que recuerdo tenía un brillo y resplandor que lo inundaba todo.
Cuando rebajaba el calor ya salíamos de nuestro refugio para realizar nuestros proyectos, porque siempre había uno en marcha. Apenas acababa el curso había que acarrear muebles viejos para la hoguera de San Ramón.
Era una forma de comenzar con brío y energía. Alguna de las maderas que recogíamos las guardábamos para nuestros propios asuntos que seguidamente os contaré.
El patinete de madera era uno de ellos. Consistía en una tabla con dos cojinetes de acero detrás y un manillar con un cojinete delante. Servía para tirarnos por las calles empinadas de La Corte, Esparza y Santo Domingo.
Había que conseguir clavos grandes para unir las maderas, hacer los ejes, buscar los cojinetes y un gran tornillo que uniera el volante. No era una tarea sencilla para unos niños de 9 años.
Nuestra destreza de carpintería se ampliaba para construir ballestas con un listón en el que clavábamos dos pinzas de madera que servían de gatillo para disparar una goma atada al otro extremo.
Igualmente la construcción de cabañas. Frente al colegio de La Merced había siempre troncos de árbol almacenados. Le llamábamos “los maderos”. Allí era muy fácil buscar un escondrijo.
Cuando nos cansábamos íbamos a bañarnos al río Vero a “la mininguera” junto a la actual pasarela de San Juan. Un señor que trabajaba en el depósito de las aguas nos enseñaba a hacer barcos con los juncos.
Esta historia que cuento podría ser la de muchos que me estáis leyendo. Primero, por las vivencias similares y, segundo, porque tendemos a recordar la infancia como un tiempo de libertad.
Como escribió Albert Camus, «El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento», la niñez es una etapa de felicidad donde el arropamiento de nuestra familia hace que no veamos más límite que nuestra imaginación.
Es el tiempo de la ilusión. Aunque con el paso de los años nos acaban gustando aquellos sabores amargos que de niño no sabíamos porque les agradaba a los mayores, así el café, la cerveza o el vino.
Pero esa ilusión continúa en muchos de los emprendedores y empresas que he ido conociendo a lo largo de los años. A veces, cuando entro en alguna nave, vuelvo a ver mi infancia.
Aunque ahora, los patinetes son coches eléctricos y la madera es sustituida por fibra de carbono, pero sigue estando esa misma mirada que todavía no estaba amputada por la realidad.
Los niños de ahora ya no disponen de aquel “libertinaje”, pero igualmente tienen espacios donde desarrollar aquellas mismas sensaciones que teníamos de crear nuestros proyectos.
Ahora, se disponen de placas electrónicas, motores, robots y ordenadores con los que es posible plasmar en la realidad ideas que en mi infancia seríamos incapaces de haber imaginado.
A veces me pregunto en qué tipo empresas trabajarán dentro de 30 años estos niños. Con qué materiales y en qué tipo de máquinas. Y por más que imagino, no soy capaz de adivinarlo.
Pero estoy seguro que se mantendrá esa misma mirada que brilla cuando el ser humano está creando y está absorto en sus pensamientos, cuando la ilusión se materializa en la realidad.
Me pregunto cómo mantener esa ilusión viva, cómo seguir enseñando nuevas habilidades y cómo hacer posible que de todo ello se pueda crear proyectos económicamente viables en el futuro.
Vuelvo la mirada a ese sol que comienza a calentar entrada la primavera y me deslumbra. Tal vez nos ocurra lo mismo cuando ideamos hacia el futuro, que no somos capaces de ver con claridad.




