Resulta curioso, pero una simple fórmula matemática se está encargando en la actualidad de determinar si realmente nos encontramos en buen estado de forma y tenemos una buena línea: el Índice de Masa Corporal (IMC). Este número, que surge al dividir el peso de una persona por el cuadrado de su estatura, es hoy una de las herramientas más utilizadas para clasificar el estado nutricional de cualquier persona. Un mecanismo de lo más simple y eficaz que tiene ya más de dos siglos de historia.
Fue el belga Adolphe Quetelet, matemático y astrónomo, quien diseñó este indicador entre 1832 y 1835. Quetelet no buscaba soluciones clínicas individuales, sino determinar las condiciones y proporciones físicas del “hombre promedio”, concepto que definió en la obra “Sur l’homme et le développement de ses facultés”. Ahí germinó la idea del IMC como una fórmula adaptable a cualquier individuo de la población, sin necesidad de consultas médicas, pero apoyada por la precisión de las matemáticas. Y funcionó tanto que se sigue usando a día de hoy.
Un número para medirlos a todos
El Índice de Masa Corporal se expresa con la ecuación IMC = peso (kg) / [estatura (m)]². Este cálculo, en su versión original, pretendía ofrecer un dato objetivo con el que poder comparar a personas distintas alturas, generando toda una revolución frente a la antropometría tradicional, que se dedicaba a medir partes aisladas del cuerpo humano.
Durante décadas, el IMC se limitó a estadísticas poblacionales y estudios antropológicos. De hecho, muchos gobiernos de Europa lo aplicaban en censos y exámenes médicos de reclutas militares, buscando estimar la aptitud física de sus ciudadanos. Pero en ningún momento se usó realmente como un criterio clínico. Su propósito, según el propio Quetelet, era más demográfico que sanitario. Lo que buscaba era ofrecer un retrato cuantitativo de las tendencias físicas colectivas.
Pero todo cambió en 1972 con la publicación del artículo “Indices of Relative Weight and Obesity”, firmado por el fisiólogo estadounidense Ancel Keys. Keys probó que, a nivel de grandes grupos, el IMC se correlacionaba razonablemente con el porcentaje de grasa corporal, lo que despertó el interés de médicos y nutricionistas. A partir de entonces, este número se empezó a usar en el ámbito clínico como una herramienta para detectar sobrepeso y obesidad, revolucionando por completo la medicina preventiva.
¿Hasta qúe punto funciona el IMC realmente?
La popularidad del IMC se debe, en buena medida, a lo fácilmente aplicable que es. No requiere más que una balanza y una cinta métrica para poder dar información valiosa sobre el estado de una persona. Por eso tardó muy poco en convertirse en uno de los grandes aliados para la medicina, incluso en una referencia habitual en estudios epidemiológicos, tablas nutricionales y recomendaciones de organismos tan importantes como la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Pero esa misma sencillez también ha generado críticas. El IMC no distingue entre grasa y músculo, lo que puede generar distorsiones importantes al interpretar su resultado. Un deportista con mucha masa muscular puede registrar un IMC alto y ser catalogado erróneamente como obeso, mientras que una persona con bajo peso pero alto porcentaje de grasa puede pasar desapercibida. Además, su cálculo asume la misma proporción entre peso y estatura para cualquier tipo de cuerpo, algo que la experiencia clínica y estudios más recientes han puesto en entredicho.
Para corregir estos pequeños defectos, en 2013 el matemático Nick Trefethen, de la Universidad de Oxford, propuso una nueva fórmula: IMC = 1,3 × peso (kg) / [estatura (m)]². Según él, este ajuste ofrece un resultado más equitativo entre personas altas y bajas, reflejando mejor el volumen corporal real. Y es cierto que hay estudios que apoyan este cambio, pero en la mayoría de casos se sigue usando la fórmula tradicional gracias a su simplicidad.
Siglos de historia, ¿y siglos de futuro?
En la actualidad, el Índice de Masa Corporal convive con métodos más sofisticados para analizar la composición corporal, como la bioimpedancia, la medición de pliegues cutáneos o los análisis de masa visceral. También han surgido nuevas técnicas como la medición de la circunferencia de cintura o la relación cintura-cadera para ofrecer mejores diagnósticos. Sin embargo, el IMC sigue siendo una piedra angular en este contexto.
De cara al futuro, se seguirán descubriendo nuevas técnicas, herramientas y sistemas para ofrecer un análisis mucho más preciso del estado del cuerpo de las personas. De hecho, es de esperar que el IMC vaya perdiendo protagonismo, sobre todo con lo accesibles que son las nuevas tecnologías y lo serán las nuevas herramientas en este campo.
Sin embargo, queda mucho tiempo por delante para que llegue una situación así y, mientras tanto, aquel experimento estadístico de Quetelet, creado en un momento en que la ciencia apenas era capaz de conectar las matemáticas aplicadas con el cuerpo humano, se ha convertido en un parámetro fundamental para entender nuestra salud. Con sus luces y sombras, el IMC nos recuerda que el conocimiento más poderoso a veces nace de fórmulas simples. Y que medir es el primer paso para entender y evolucionar.


