A veces leemos narrativa extranjera y nos quedamos perplejos con lo que nos transmite, con esa forma de contarnos las cosas que nos llega tan adentro. Alabamos a esos autores como lo mejor de la literatura, y los leemos convencidos de que sólo ellos saben escribir así… y muchas veces no nos damos cuenta de que nuestras letras esconden la misma destreza.
La Barraca es un claro ejemplo de que hay que leer a los clásicos, sí, pero también a los clásicos españoles, que, como me gusta decir a mí, por algo llegan a ser clásicos.
Nos cuenta esta breve historia la vida, dura, muy dura, de la gente que trabaja la tierra. Así, Introduciendo la historia del Tío Barret, la dureza de su trabajo en el campo y como enloquece por la injusticia social.
Tras el crimen cometido por el Tío Barret, sus vecinos deciden que nadie más cultivará esa tierra, pero… ¿qué pasa cuando un hombre honrado viene a trabajarla?¿Hasta dónde son capaces de llegar sus vecinos por imponer su justicia?
El lado más negativo del ser humano, (ay, más de un siglo ha pasado y seguimos igual), es mostrado por Blasco Ibañez con auténtica maestría. Un lenguaje sencillo, repleto de figuras literarias, descripciones exquisitas. Qué bonito cuando se usa bien un lenguaje tan rico como el nuestro.
Nos muestra el autor la maldad, el rencor, el dejarse llevar, el no querer intervenir, el girar la cabeza ante los problemas. Nos guía a través de los defectos humanos, pero también nos cuenta, aunque en menor medida la otra cara, la del esfuerzo, la del trabajo diario, la del remordimiento, la de la bondad tardía.
Es la Barraca un libro para leer y subraya y volver a leer. Un libro para llorar, conmover, emocionar, estremecer, regalar y sobre todo para pensar.
En definitiva, un imprescindible.
Leamos a los clásicos, señores, que tienen mucho que enseñarnos.
FRAGMENTO DE LA BARRACA
A todos alcanzaba algo de responsabilidad en esta muerte; pero cada uno, con hipócrita egoísmo, atribuía al vecino la principal culpa de la enconada persecución, cuyas consecuencias habían caído sobre el pequeño; cada comadre inventaba una responsabilidad para la que tenía por enemiga. Y, al fin, dormíase con el propósito de deshacer al día siguiente todo el mal causado, de ir por la mañana a ofrecerse a la familia, a llorar sobre el pobre niño; y entre las nieblas del sueño creían ver a Pascualet, blanco y luminoso como un ángel, mirando con ojos de reproche a los que tan duros habían sido con él y su familia.»



