A esa hora en la que el sol despunta por el este y la muchachada que decidió salir a comerse el mundo se ha dado cuenta que con mordisquearlo un poco puede valer, se escucha la canción del verano rebotando por la paredes de las casas. Y si una lleva seis tatuajes por siete motivos habrá que considerar que en uno de ellos hay dos razones dentro por lo que no serían tan importantes, al menos como los otros, que salen a motivo por tatuaje. Al parecer la gente ha sustituido la acumulación de bienes por la acumulación de experiencias, a excepción de bancos y las franquicias de Dios en la Tierra, que siguen a lo suyo.
Pero no queda claro qué es al final un tatuaje, si bien o experiencia. Al menos es experiencia cuando la aguja dibuja sobre la piel, pero justo después ya será un bien, digo yo, que una cosa es ponerse morado de dibujetes en la epidermis y otra que dentro de unas décadas estén las residencias llenas de octogenarios con calaveretas y letras chinas a la altura del pañal. Y es que hemos pasado del tatuaje como símbolo carcelario, tabernario y marginal al tatuaje mainstream, símbolo de clase y aburrida competición de naderías. En esencia se ha pasado de los tiempos en los que él venía en un barco de nombre extranjero a los seis tatuajes por siete motivos. Oh tempora, oh mores.
Viene esta perorata a cuento de la chica de la curva del Camino Natural del Somontano, trozo Barbastro-Monzón en sentido descendente, no vaya a ser que lo empiecen a llamar camino Monzón-Barbastro. Ya sabe, la geopolítica. Lo lógico sería que la última palabra la tuvieran los de Castejón del Puente, referéndum mediante. Se conoce que en dicha ruta hay una chica de la curva a la que algunos usuarios reconocen haber visto tras sugerente, hipnótica y etérea aparición.
Bien es verdad que le gusta salir más por la noche, como a Chimo Bayo, cuando los bastones de los ojos no diferencian con precisión el color de los gatos. Y convendrán conmigo que tamaño fenómeno paranormal es motivo de alegría, que una cosa es ser cazar pokemons o poner banderas en rotondas, y otra trabajar y creer en cosas serias de verdad, en concreto en esa inenarrable sugestión de índole inequívocamente sexual que provocan algunas apariciones. Tiempo ha la mayor peregrinación española de la década consistió en ir a Perpiñán a ver una película, por lo que sea, pero la realidad sigue teniendo ese no-sé-qué que no tiene el mundo virtual.
Pues bien, uno de los usuarios de la citada vía, por más señas montisonense, confirmó haber mantenido relaciones sexuales con esa chica. No como otros. Y que la muchacha posee, según dicha fuente, “un hipnótico tatuaje en la ingle izquierda, concretamente en la parte superior, allí dónde el muslo pierde su nombre y la cabeza la razón”, que ya es poética forma de definir. Preguntado por si había pruebas documentales del pielograbado reconoció no haberlas, más por cierto nerviosismo e impericia que por escaso afán documental, pero aseguraba que “el tatuaje consiste en un código QR perfectamente definido, tócate los cojones”. Que si por un casual, pese a haber sido incapaz de fotografiarlo, lo había podido escanear, respondió con un clarividente “aquí estaría yo ahora”. Deducimos que como en la cueva de los cuarenta ladrones el desentrañamiento de ese código debe abrir alguna puerta, es un decir, que ríase usted de los pactos políticos. Concluyó con un enigmático “en cuanto lo pueda escanear, se abrirá un horizonte de sucesos” que yo miraba todo el rato para atrás a ver si me pillaba una ola gigante, como en Interstellar. Seguiremos informando.


