Ha habido elecciones municipales, momento idóneo para comprobar como la percepción de la realidad dista mucho de la propia realidad, especialmente en los demás, pues uno mismo siempre es dechado de objetividad y observación cristalina, faltaría más. Escuchar lo que piensan los otros en un mismo momento y lugar es fascinante, aunque quede el comodín del “sobre gustos no hay nada escrito” (en realidad sí que hay, y mucho, aunque no se haya leído).
Se tiende a etiquetar la realidad en compartimentos estancos que, como si fuera una tienda de discos, permite encontrar las cosas, simplifica el análisis y de alguna forma asegura la permanencia del pasado en nuestro época, aquel momento maravilloso en la que todo funcionaba a la perfección, la gente tenía comportamientos inmaculados y, especialmente, eran tiempos infinitamente mejores a los actuales. Ya.
El antropólogo Richard A. Barrett tiene un libro extraordinario por la investigación que realizó y por la cercanía de su estudio: Benabarre, la modernización de un pueblo español. Elaborado entre los años 67 y 68 del pasado siglo analiza el proceso de industrialización de una localidad eminentemente agrícola y descifra las particularidades de ese lugar.
Un apartado especialmente interesante se produce cuando pregunta por las diferencias sociales y su estratificación, cuestión que los lugareños contestaban con un “no hay diferencias, todos somos iguales”, algo que no encajaba con sus propias observaciones. Para ratificar su análisis hizo comparar al médico con un borracho, cuestión que ya el primer informante le aclaró: “estos dos ni siquiera se pueden comparar”.
Y es que una cosa es la percepción que se tiene de la realidad y otra la propia realidad, aunque es justo decir que la primera también forma parte de la segunda, pese a que puedan ser opuestas. Curiosamente, esto que ocurría hace más de medio siglo sigue totalmente vigente en nuestros días: las peores discriminaciones son aquellas que han dejado de percibirse.
Pondré un ejemplo: en un torneo de baloncesto reciente el pabellón contaba con dos pistas, en una de ellas existía mucha distancia entre las líneas de banda y las paredes del mismo, mientras que en la otra apenas había un metro de separación. A pesar de que los partidos eran de la misma categoría de edad y prácticamente a la misma hora, uno era masculino y otro femenino, por lo que la organización decidió “sin ningún tipo de discriminación ni intención oculta” dejar la pista “buena” para los chicos y la “mala” para las chicas, pues “así los chicos tendrían más espacio para saltar”.
Obviamente, esos portentosos saltos hubieran sido imposibles en la pista mala, so pena de comerse la pared. Y lo más gracioso era el convencimiento por parte de la organización de que no había ningún interés discriminatorio, como si esa decisión fuese un fenómeno de la naturaleza que se produce de forma totalmente inopinada. En esencia, el problema no es que la gente piense así, que también, el verdadero problema es que crean que esa forma de pensar no es herencia de una visión del mundo retrograda, rancia y obsoleta y, sobre todo, injusta.


