Luis se había acomodado en el sillón orejero que estaba en el salón, con el móvil en la mano y los
auriculares puestos escuchando su grupo de música favorito. Siempre andaba conectado a ese mundo suyo, donde en apariencia no tenía contacto con la realidad, pero últimamente no perdía detalle de lo que pasaba en casa, algo le olía a chamusquina e intentaba captar todo lo que sus pequeños ojos marrones veían, por eso deambulaba por la casa no perdiendo detalle de conversaciones o actitudes.
Luis nunca se sentaba en el salón, se encerraba siempre en su habitación, por eso para sus padres esa actitud tampoco pasó desapercibida, pero aquella tarde del mes de diciembre a escasos siete días de Nochebuena, en casa de Luis, la alegría había desaparecido y las caras de sus padres se habían vuelto opacas olvidándose de las inusuales visitas que su hijo Luis hacía al comedor.
Pepa, la madre de Luis, se sentó en el sofá, se sentía triste y abatida. Había perdido la fe y la esperanza y dejándose vencer por la negatividad comenzó a llorar en silencio pero sin parar. A los pocos segundos, Juan Luis, su marido apareció por el salón. Se sentó al lado de Pepa y muy tiernamente le acarició la mejilla.
Luis, disimulando, ladeó un poco la cabeza para ver lo que estaba ocurriendo. Notó como su padre le hablaba a su madre, pero con la música retumbando en sus oídos no podía oír nada. Silenció la canción para poder escuchar lo que estaban hablando sus padres.
– No te preocupes, Pepa, todo pasará. Saldremos, Pepa, te lo prometo. Esta maldita crisis no podrá con nosotros- decía Juan Luis a su mujer sin dejar de acariciarla.
– Lo siento cariño, hasta ahora he hecho lo que he podido, pero faltan pocos días para la Navidad y me siento fatal por los niños, no por nosotros. ¿Cómo vamos a decirles que no podemos comprar turrón, ni regalos y todo lo que otros años han tenido? El poco dinero que nos queda no podemos gastarlo en eso- replicaba Pepa entre sollozos e hipidos.
Mientras Luis escuchaba la conversación un nudo en la garganta se le iba formando. Sentía que le faltaba el aire, algo le oprimía. Respiró profundamente. Una sola pregunta se creó en su mente:
«¿Cómo he sido tan estúpido y no me he dado cuenta de la situación antes?»
La angustia, la tristeza y la rabia se convirtieron en un silencioso llanto que luchaba por salir al exterior por esos pequeños ojos marrones. No quería que lo vieran llorar, no quería, de momento, decirles a sus padres que lo sabía todo. Como necesitaba desahogarse se levantó y con un simple «me voy» abandonó el salón y la casa.
Andaba por las calles de Barbastro sin rumbo alguno y reprochándose su actitud infantil y reservada. Ya no era un niño, pero hasta ahora la adolescencia se había alargado en su mente y en sus actitudes.
Caminaba buscando una solución. Deseaba encontrar ese algo que hiciera que las Navidades fueran igual que siempre. No podía devolverle el trabajo a su madre, ni tampoco que el de su padre fuera más constante, pero sí deseaba con todas sus fuerzas que en estas Navidades pudiera borrar de sus caras la tristeza y a la vez pintar alegría en sus almas.
Miraba hacia arriba mientras recorría el centro. Había paseado dos veces por el Coso y volvía por la Calle San Ramón. Se fijó en las caras de la gente y no vio la alegría de otros años, pero a pesar de todo, se prometió borrar, por lo menos, la tristeza de su familia. Sus pasos le llevaron a la Plaza del Mercado, se detuvo para contemplar un resplandor que se había colado entre las luces de las calles. Se quedó mirando y parpadeó. Un destello le hizo comprender uno de los sentidos de la Navidad, compartir. Y tras ese le llovieron en su mente muchos más.
De pronto al mirar a los lejos el letrero iluminado de «Felices Fiestas», encontró su solución, le daría todo el dinero que había ahorrado. En esos momentos Luis a sus 17 años dejó atrás su mundo para respirar el verdadero sentido de la Navidad.




