La villa alfarera de Naval cumplió con la tradición en la jornada de ayer al celebrar una nueva edición de su feria artesanal, que hunde sus raíces en la Edad Moderna. La de ayer fue la decimoquinta edición desde su recuperación en el año 2000 por la anterior corporación.
Esta vez el tiempo acompañó, y el sol salió dejando un buen día que aprovecharon los más de ochenta feriantes llegados de Navarra, Huesca y Lérida, y los cientos de visitantes que cada año acuden a esta cita, punto de unión de las gentes del llano y de la montaña y de varias comarcas.
Puestos agroalimentarios con embutidos, jamones, quesos, licores, miel, turrones; textiles con bufandas y gorros de lana para este invierno; juguetes, libros usados, bisutería, productos naturales de herboristería, ebanistería, y por supuesto cerámica de Naval, seña de identidad de la población. Los artesanos locales mostraron sus cuencos, jarrones y útiles domésticos o decorativos, mientras que David Echebarría enseñó a los más pequeños el arte de convertir un trozo de barro en una vasija, un cuenco o un jarrón.
No faltó la hoguera en medio de la plaza Mayor para caldear una jornada soleada pero de frío otoñal, en la que el porrón y la bota de vino iba pasando de mano en mano, mientras se asaba la panceta y la longaniza en las brasas.
A la hora de comer, en el salón social se repartieron unas cuatrocientas raciones de caldereta de costilla de cerdo con patatas y verduras. «Si el año pasado por la lluvia sobraron doscientas raciones, este año se vendieron todas», señalaba el alcalde de Naval Javier Rodríguez, satisfecho por el esfuerzo realizado por todos los vecinos y por el éxito de la jornada. «Estamos contentos porque hemos tenido muchos visitantes y los feriantes han vendido y les ha gustado la organización de la feria, por lo que volverán el año que viene», indicaba.

