Hasta hace unos años era probable encontrar a negacionistas de letras, gente capaz de cuestionar a un historiador la existencia del derecho de pernada durante la Edad Media o el desarrollo tecnológico del neolítico merced al asombroso aprendizaje que se obtiene en la archiconocida, presencial, masificada y vitalicia universidad de la vida. Pero no existían aún los negacionistas de ciencias, las moléculas del sodio o la genética eran temas ignotos para los universitarios de la vida. Pero llegó google y se jodió la perra. Ahora todo el mundo comprende la complejidad de los virus, las bondades del ARN mensajero para la inmunización o la mutagénesis letal del SARS Covid 19, otra cosa es saber si virus se escribe con be o con uve. Y es en ese caldo de cultivo donde se confunde la fe, la ciencia y la ley.
La fe sirve para creer. Uno puede creer que la Tierra es plana, en la resurrección de la carne o en el Ratoncito Pérez, ahí no entro. La ciencia, sin embargo, se basa en todo aquello que puede demostrarse, que es verificable mediante la experimentación: que el agua tras calentarse a 100º C pasa a estado gaseoso o que los niños vienen de París solo si han estado antes en esa ciudad. Y luego están las leyes, molestas, caprichosas o arbitrarias, pero que garantizan la convivencia por la sencilla razón de permitir que la libertad de cada uno llegue dónde empieza la de los demás. Por razones que usted intuye la pandemia ha mezclado de manera extraña los tres ámbitos y parece que la gente ya no sabe si poner una vela, una vacuna o una denuncia.
Para los negacionistas, el uso selectivo de la mascarilla proviene del cuestionamiento de su efectividad real en el control de la pandemia. Sin embargo, es muy sospechoso el desafiante e ilegal comportamiento en los lugares públicos y la sumisión reverencial que adoptan en los espacios privados, como si la necesidad de proselitismo o la efectividad de la mascarilla solo existiese en los lugares que forman parte de lo público, pues en supermercados, farmacias o bares se obra el milagro y el acatamiento de las leyes, la docilidad y la genuflexión son el nuevo paradigma.
Tal vez el exceso de celo y el ardor guerrero que vemos en otros comportamientos por parte de las denominadas fuerzas del orden podría aplicarse con los negacionistas que ocupan los espacios compartidos, léase colegios públicos, sin el uso preceptivo de la mascarilla, para riesgo potencial de progenitores y descendientes, incluso propios. Pero parece que de momento, ni están, ni se les espera.



