La sociedad actual, la progre, la guay, nos tiene acostumbrados a despreciar una serie de cosas porque sí, porque sus normas son esas y porque ellos (y sus principios) lo valen.
El Ejército es el paradigma de lo que un buen progre, un guay de pata negra debe desdeñar a toda costa, el idioma español es la otra.
Todo buen progre guay debe odiar esas dos cosas, en primer lugar y sobre todas las otras. Lo de menos es que haya un motivo o una razón, que no suele haberla, el resto de progres y de guays lo odian y ya se sabe, el rebaño es lo que tiene.
Esas disfunciones no provienen de una reciente mala experiencia o de un recuerdo trágico vivido en primera persona, que va; tienen su origen, como no podía ser de otra manera, en la incultura y las maneras que nos gastamos los herederos sociales del Lazarillo de Tormes y sus ilustres secuaces.
En un país en lo que lo más fácil es hablar de oídas, documentarse en la televisión y formarse a partir de las opiniones, normalmente segadas, de otros y obtenidas de igual forma, odiar al Ejército, es de primero de progre. Casi da grima hasta tener que explicarlo.
Pero, ¿por qué?
Raramente hay una respuesta coherente a esta pregunta. En su lugar, la incultura contrataca airadamente con la consabida retahíla de clichés al uso: es una Institución represora, enemiga del pueblo, recuerdo de un pasado fascista, etc.
Lugares comunes.
Lugares entre los que encontramos también el otro coco de la progresía guay, el (idioma) español.
El idioma convertido en arma y adornado con una prosopopeya de la que carece; hecho hostil e invasivo, convertido en el malo del recreo que quiere comerse a las otras lenguas, minoritarias, pero glorificadas como rasgo característico de una inmensa minoría de progres guays y orgullosos del terruño.
Hasta que aparece la política, claro, y la inconsistencia de nuestra educación y cultura se muestra, sin pudor y sin darnos cuenta, en su máximo esplendor.
Los progres guays no quieren ver militares ni en pintura, hasta que el desgraciado suceso del YAK-42 les sirve para atacar al Gobierno mostrándole todo su apoyo, pertrechados, si se me permite el término militar, del más amplio armamento demagógico.
O hasta que necesitamos a la UME.
¿Y el español? ¿Pero quién se ha creído ese tal Trump que es para eliminarlo de la página web de su país? (algunos creen que es Estados Unidos, aunque esperan a que la asamblea de su plaza se pronuncie para afirmarlo de manera exacta).
La culpa es del Gobierno español, fofo y enclenque, incapaz de ordenar al rubio yankee ese, que reponga (el idioma) y deponga (su actitud), por ese orden.
Menos mal que disponemos, en este glorioso país nuestro de la suficiente nómina de progresistas guays con los que contraatacar ante tanta sinrazón, léase Colau (Ada por bautismo), alcaldesa de Barcelona, capaz de vetar al Ejército en el salón de la infancia (sin que nadie se lo haya pedido) y ponerse después a vociferar contra un exministro afeándole su mala gestión en el hecho, al tiempo que brama contra Trump por relegar al mismo idioma que ella desprecia, convocando reuniones en catalán, árabe y tagalo antes que en español.
O Santisteve (Pedro por bautismo y alcalde de Zaragoza por la gracia de los pactos), el de la gomina pagada con dinero de todos, que quiere una Academia General Militar pero no militarista.
Hay que tenerlos cuadrados, lo que ustedes se imaginan y la cabeza también, pero bueno, ser un líder o lídera progre y guay es lo que tiene, que se les perdona todo, incluso la estupidez.
El problema viene en el momento en el que, parafraseando a Benedetti, creemos tener todas las respuestas y de repente nos cambian todas las preguntas.
Aunque no debemos preocuparnos, somos españoles, ya vendrán otros a arreglarlo o a decirnos qué tenemos que pensar al respecto.
Mientras tanto, ¡otra cervecita, jefe!
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