Estoy en casa cómodamente con los ojos puestos en la televisión, viendo la noticia acerca de la crisis migratoria en la frontera entre Bielorrusia y Polonia. En este momento, mi reflexión es la siguiente: “¿Por qué unos tenemos la gran suerte de vivir de forma digna, sin grandes carencias y sin llegar a plantearnos las razones por las que miles de personas huyen de sus hogares? Algunos de ellos tienen que abandonar su trabajo y pasan todo tipo de infortunios, faltándoles la salud y la seguridad.
Necesitan reconstruir su vida en otro lugar, sin contar, muchas veces, con una asistencia humanitaria y expuestos al rigor de un clima hostil. Entre estos migrantes hay varios afectados por serios conflictos, como Siria, libia, Irak y Afganistán. Cuando la guerra amenaza directamente, la única opción para conservar la vida es partir. Sin embargo, durante el camino, afrontan múltiples riesgos y un alto grado de vulnerabilidad, aparte de las nuevas políticas migratorias que desaniman a muchas personas.
Me estremecí al leer la terrible experiencia de un refugiado afgano, donde cuenta que estuvo 14 días andando por el bosque con su mujer y sus dos hijos. En ese tiempo fueron devueltos varias veces al lado bielorruso. Relata que pasaron mucho frío y que ese bosque era un infierno helado en la tierra.
Siento miedo al pensar que esas situaciones que se van repitiendo cada vez más nos puedan volver impasibles ante el dolor, y que al verlo y oírlo a través de la pantalla del televisor, se convierta en una especie de película de aventuras en la que los más débiles mueran o no puedan rehacer su vida y los más fuertes sobrevivan a esa apocalipsis.

