Relato Corto Ganador del Certamen de relatos “Igualdad y consumo responsable” del Gobierno de Aragón
Jamás habría imaginado que cada día empujar la manilla de mi portal iba a ser tan complicado y perjudicial. A cada paso que daba todo se oscurecía a mí alrededor y mientras mis piernas tiritaban aterrorizadas, mi cuerpo me pedía a gritos volver y subir los cuarenta y dos peldaños que separaban mi hogar del peligro.
Un pequeño empujón significaba un duro golpe de realidad. El aire era frío, muy frío. Podía sentirlo recorriendo mis venas, dejándome una sensación de cosquilleo y agobio que recorría todo mi cuerpo, de la cabeza a los pies. Estaba fuera, fuera de mi salvavidas, en medio de una piscina llena de tiburones que esperaban ansiosos a su próxima víctima, en la calle.
Y es cierto, es triste que al salir de tu hogar corras un peligro que no te pertenece, pero lleva grabado tu nombre con tinta permanente.
Sin embargo, llegó el momento. Un día atípico, saliéndose así de la norma, algo más que habitual en mí persona. A pesar de cruzar la frontera más insegura, el propósito vencía por primera vez al temor.
La esperanza de encontrar un sitio, un hogar repleto de personas que, como yo, eran desamparadas por la sociedad y reprimidas por obligación durante años, me incitaba cada vez más a desprender y abandonar lo que para mí había sido la cárcel donde llevaba esposado toda mi vida. Aquel sucio y tóxico pueblo donde alcancé el abismo con la punta de mis dedos.
Un día como todos llegas a casa, lo que no esperas es que vas a perderlo todo, que tu vida va a cambiar por completo y que nada volverá a ser como antes. Te derrumbas, caes al suelo y mientras un grito ensordecedor precede a unos llantos desesperados y suicidas que buscan ayuda, el silencio sepulcral se quebranta de inmediato dejando una escalofriante psicofonía asfixiada.
Por fin podría dejar atrás el instituto. Aquel sitio donde fui marginado, discriminado y humillado. Lo sabían incluso antes que yo. Lo único que pude hacer era intentar vencer al tiempo para entenderlo sin que me destrozaran por dentro, porque por fuera ya había sido apaleado al grito de “maricón” en las calles que pisaba con más fuerza que nunca por última vez. Era el momento de mandar a la mierda aquella mentalidad retrógrada y discriminante que asentaba las bases de aquella localidad.

Porque allí era el único, el único que a simple vista había decepcionado a los que decían que ya no era un hombre porque era más “femenino”, lloraba, mostraba mis sentimientos sin límites.
Es decir, no estaba vacío por dentro. Porque no me gustaba el fútbol y el único deporte que practicaba era el baile escondido entre las cuatro paredes de mi habitación.
Lo que nadie sabe, es que allí, mientras mi cuerpo se dejaba llevar al ritmo de la música, mi mente desconectaba de la realidad y me transportaba a una utopía donde sí podía ser yo mismo, donde podía ser feliz. Porque no tenía la suficiente fuerza física y carecía de abdominales.
Porque no quería vivir en un mundo agresivo y sin sentimientos.
En resumen, yo era quien rompía la regla que habían impuesto los que cargaban con prejuicios a diario. Los que creían que podían decidir sobre mí, que podían cambiar lo que yo soy, lo que fui y lo que seré. Pero todo aquello solo me hizo más fuerte. Aun así, a todos nos duele una crítica y más aún cuando no lo es, cuando se trata de un comentario de odio.
Tampoco puedo obviar el amor. Sí amar significa delito, señoría, me declaro culpable. En efecto, me gustan las personas de mí mismo sexo, pero ¿Acaso no es amor? ¿Acaso no es querer pasar tiempo con una persona con quien estás a gusto y a quien le deseas todo lo mejor? ¿A caso hago daño a alguien con ello? Por si fuera poco, enamorarse de alguien al que no le gustas y no le vas a poder gustar nunca es una sensación desesperante, triste.
Que por desgracia he experimentado. Le ponen género al amor. Le ponen género a la ropa. Les ponen género a los colores. Incluso les ponen género a las fragancias. Habéis perdido la cabeza. Y siento deciros, a mí nadie me dice que debo hacer y no y que debo vestir y no por ser hombre. Porque si es así, prefiero renunciar a ser un hombre que a ser yo mismo, que, a ser libre, que a ser persona.
Las despedidas duelen, cuestan, pero aquella fue una excepción. Aunque ya no fuese a pasar por las calles donde sufrí agresiones verbales y palizas, por el instituto donde me acosaron y pasé la peor adolescencia que nunca voy a poder recuperar, por delante de las personas que me juzgaban, el daño ya estaba hecho y la herida no va a poder cicatrizar.
Porque es imposible negar que has sufrido, pero lo peor es que no se puede olvidar y que todo ese tiempo no va a volver. No he tenido la oportunidad de sentir lo que es un primer amor ya que he pasado mucho tiempo fingiendo ser alguien que no era. No he podido hablar libremente de mí, de mis gustos, de mis aficiones. No he podido vivir… lo que merecía vivir.
He tenido la suerte de encontrar mi sitio en la ciudad, el lugar donde he podido ser libre, sin miedo a lo que puedan pensar y decir, donde he sido feliz por primera vez. He conocido a mucha gente como yo y puedo decir al fin, algo que las personas no aprecian y suelen asumir, tengo amigos en quien confiar, algo que nunca había experimentado ni cuando estaba a solas.
Puedo afirmar que tampoco es un lugar ideal y vacío de odio. Hay infinidad de personas dispuestas a respetar y construir una sociedad mejor, pero también he tenido que aguantar insultos, discriminaciones y desigualdades por mi condición sexual.Sin embargo, he podido superarlo porque he encontrado la ayuda que tanto busqué y no pude recibir en el que fue mi pueblo, el lugar donde perdí una parte de mi vida.



