El terremoto no vino desde Francia y sus elecciones de dos vueltas, ni como consecuencia de los ecos del Brexit, de la pelea entre Trump y el dictador de Corea del Norte, de nombre tan sencillo de pronunciar como difícil de recordar, de una nueva felonía del ISIS y sus secuaces o de la guerra de los avales socialistas en su long and winding road particular hacia quien sabe donde.
No, el seísmo social provino, hace dos noches, de un marasmo que dejó inactivas nuestras manos, nuestros dedos y hasta algunas de nuestras mentes durante horas, sin que pudiésemos hacer más por evitarlo que mirar al cielo, más o menos figuradamente, emulando a aquellos hombres (y mujeres) del medievo ante fenómenos atribuidos a los dioses que escapaban a toda su comprensión.
Y no es que se apoderara de nosotros una repentina parálisis del tren superior, no se asusten los lectores, se trataba de algo más sencillo, pero lo suficientemente poderoso como para dejar nuestras manos (y dedos, repito) pavorosamente inmóviles.
Sí, whatsapp, la red social, la herramienta de comunicación cuasi global por aclamación, el amplificador de nuestras vidas y fundamental correa de transmisión para esa cualidad exclusiva de comunicación humana, el parloteo insulso, no funcionaba.
A la inicial curiosidad le siguió casi de inmediato el pánico, como si quedarse sin whatsapp supusiese la imposición de una mordaza, de una ley del silencio o aún peor, de la desaparición de la capacidad humana de relacionarse con sus semejantes (y semejantas) a través del lenguaje.
Ardían las otras redes…, “¿pero cómo puede ser?”, “¿cuánto va a durar este calvario?”. El malhadado evento se convertía inmediatamente en trending topic por aquello de que las redes sociales (Twitter en este caso) se ayudan y compadecen unas de otras en lo bueno y en lo malo. Congoja y el malestar campaban a lo largo y ancho de los vastos continentes afectados.
El acabose…
Todo eran lamentos, desalientos y un desasosiego difícil de comprender para quienes peinamos canas, lucimos calva (o ambas) y sabemos lo que es vivir sin whatsapp, hasta el punto de que muchos cometimos, llevados quizá por el atrevimiento de nuestra avanzada edad, el error de restarle importancia al asunto y sugerir la práctica de aquello que antaño se hacía viva voz, al auspicio de la proximidad.
Tener una conversación con el de al lado, vamos.
Quien mas quien menos tuvo que aguantarse con un bufido por parte de toda o parte de su prole, tan poco acostumbrados a la conversación cuerpo a cuerpo como a las caprichosas imposiciones de toda tecnología que se precie, que ahora va y ahora no va.
Quejas y mas quejas, lamentos y la incipiente búsqueda de un culpable, ora el vampiro del wifi, ora ese router obsoleto porque lleva con nosotros hace ya más de un año, la compañía proveedora de servicios telefónicos, el Comité Olímpico Internacional…, quien sabe…, pero pasaban las horas (dos más o menos) y el entuerto seguía sin encontrar quien lo desfaciese.
Al final volvió, como era de esperar, tan repentinamente como se había ido y no sin antes demostrarnos lo fácil que es desesperar a una generación acostumbrada a la soledad del teclado y la pantalla, a exigir que todo esté ya no solo a mano, sino en la mano y, en definitiva, a pedir y recibir sin dar, sin pensar y sin agradecer.
Esto es lo que hay, lo que tenemos o lo que hemos creado. No solo no nos gusta, sino que nos parece cómico y aberrante, pero es un adictivo dulce capaz de mantenernos abstraídos en cualquier momento y situación, dependiendo de un aparato y de una forma de comunicación tan natural en el hombre como el cante de coplas en los animales; practicado por muchos, prácticamente todos que, a base de usarlo sin medida, ponemos cara de lelos cuando lo perdemos, como si esa fuera la única forma de comunicación que tenemos.
¿Y por qué?
Quizá porque es la única forma de comunicación que queremos.

