La barca me conduce de camino a casa. El trayecto es una huida de ti, y mis emociones
encontradas, que se debaten entre desaparecer de esta maldita ciudad y volver corriendo a cobijarme entre tus piernas. Todo es ilícito y tú que juegas a la ambigüedad semántica, y escondes verdades rotas entre las sábanas en las que tu marido reposa cruelmente durante la noche. Y yo, insomne, pienso en él y en tus mentiras, y los dos somos víctimas y verdugos de una misma escena. Y tú, querida, con tu indecisión, goteas ratas que infectan con sus mordiscos. La belleza pura de los canales y sus rincones contrastan con el torbellino de pensamientos autodestructivos que con frecuencia me rondan, se agudizan cuando sé que tu marido transita por la casa y a veces se asoma a la ventana, y me mira y yo lo desafío a muerte porque tú me importas, aunque a veces no sé si eres tú o es el enganche a una situación repetida. Y a veces desearía que no existieras, incluso he pensado en matarte, porque consigues que mi dignidad se pierda en el abismo, y mis actos obedezcan a tu obsesión, sin que sea capaz de controlarlos. Pienso en la barca, es lo único que me separa de tu casa flotante, porque tú estás incapacitada para el amor, así que al borde la locura, los celos y la obsesión busco una herramienta que termine con lo nuestro. Descargo la ira, tu incomprensión, el vacio y todo ese tiempo que tirÉ por la borda contra la barca, una y otra vez, repetidamente, hasta que la madera es polvo, al igual que tu imagen.

