Observar como observa un inmigrante la belleza desde el mirador de la vida. San Pedro, al fondo, irrumpe coronando mi cielo.
El mármol blanco desquita nuestra indiferencia porque puedo plasmar la pureza de las líneas en un papel y el resultado es una obra de arte nueva. Tengo el privilegio de que cada una de las divinas obras que pueblan esta ciudad me golpee con su historia, noto su efecto porque cada día mi alma se impregna de su perfección y la trasmuta hacia mi creación, así el resultado de mis actos terminará siendo totalmente puro y por ende, bello.
Malvivo en la frontera de la dignidad mendigando y malvendiendo mi obra desde que decidí romper con todo lo anterior, con el único y simple objetivo de estar cerca , de ser poseído por lo estético. Desde aquí puedo jugar a ser Dios, a rozar con mi brazo estirado los muros del paraíso, sin duda alguna, prefiero la existencia de vagabundo errante y apátrida en esta ciudad perfectamente bella que vivir rodeado de la sordidez en una familia acomodada de clase media.
Mis ojos siempre han tenido una particular percepción para lo ético, en definifiva, para lo bueno pero nadie en mi entorno parecía tener ese don y mucho menos apreciarlo, así que decidí emprender un viaje sin retorno que me condujo a través de los infiernos de la fealdad aquí, a la ciudad eterna, y aquí integrado en este paisaje he encontrado mi nirvana.
He leído en el albergue que mi familia me busca, pero no puedo dar señales de vida. Estoy seguro que ellos me obligarían a volver, siempre me han tratado como un enfermo mental. Ni en un millón de existencias podrían llegar a entender los efectos de la emoción estética en el alma humana, así que no me dejan otra salida que esconderme en este edén durante toda la eternidad, esperando que la historia del arte me otorgue el lugar que me corresponde.





