Mi amigo Ramón no entiende de política ni de la cosa electoral, como él lo llama, mezclando los términos, relacionando y separando a su antojo. Ni entiende ni quiere entender.
Lo dice cada vez que el ritual del café sabatino nos reúne en torno a una mesa y un café, ora con leche, ora con hielo, depende de los rigores del tiempo. El cruasán no, el cruasán nunca falta, porque si no no, es persona. Se le forma un lío en el estómago que luego no se le quita hasta la hora de comer.
Y lo dice pensativo, mientras sopesa la conversación que inevitablemente se articula alrededor de la noticia política de turno porque, aunque el no habla de política, no se resiste a comentar y valorar hasta que las ramificaciones de una (siempre) fluída y nerviosa conversación nos hace cambiar de tema.
Pero siempre vuelve, volvemos, porque todo gravita alrededor de ese arte, para unos, cáncer para otros que es la política. Anda que no le gusta al jodío. Si no, ¿de qué se iba a juntar sábado sí, sábado también, conmigo?
Aprendemos el uno del otro, yo de sus gestos, de sus silencios y de sus valoraciones, de cómo, aplicando un sentido común que atesora sin ni siquiera ser consciente de ello y él (espero) de mis explicaciones y justificaciones sobre esto, acerca de aquello y de lo de más allá.
Creo que la balanza está descompensada, porque yo aprendo más de él que él de mí, pero me callo y no digo nada, por un egoísmo casi fraternal y porque observar y escuchar a Ramón, sus comentarios, conclusiones y sentencias, pocas veces erradas, constituye un baño de realidad para, quien como yo, apasionado de la política, encuentra en las personas como él, el contrapunto a teorías, tantas veces estudiadas, tantas veces discutidas, formuladas, reformuladas, puestas en práctica o desechadas.
El ritual, siempre el mismo; ante una noticia en un periódico o en televisión, ante un comentario mío sobre política local o sobre algo que viene masticando toda la semana. Escucha, sorbe el café, baja la mirada, juguetea con el cruasán, toma un bocado, luego otro, mastica, mira alrededor y menea la cabeza, como abstraído, valorando la respuesta entre ruido de conversaciones, porcelana y metal.
Cuando llega, suele ser breve, pero no tanto como para que no quede bien clara su opinión. Tampoco farragosa ni técnica. Él no entiende de política. No le hace falta.
Pero siempre encuentra un camino, un atajo o una solución, más allá de la mera cuestión sobre el tapete, que le permite dar un salto, una pirueta para ver el bosque sin el inoportuno árbol que le tendría toda la mañana dando vueltas. Él lo llama el caldo de la cuestión, y siguiendo su olor y sus vapores, atina siempre con los pros y los contras; que todo lo sopesa el bueno de Ramón. Las consecuencias a corto (de aquí a nada), a medio (en cuatro días) o a largo plazo (para ratos tenemos) vienen a complementar el núcleo del debate. Ramón tiene su propio léxico político. Yo me entiendo.
Y lo curioso es que, con el oído bien afinado y el sentido común calibrado en su punto de juicio, si no acierta, a bien poco se queda, como gusta decir; lo que suele venir acompañado en no pocas ocasiones de la consabida sentencia: ¿te lo dije o no te lo dije?.
Años de estudio de teoría política, de asignaturas universitarias, de cursos de verano y de tertulias, reuniones y conferencia palidecen ante el, a menudo, certero reduccionismo de Ramón.
Él no es consciente de su virtud, un día se lo explique y me tiré una hora para definirle el concepto. Al final me hizo saber, palillo en boca, gesto distraído y mueca de hastío que en su pueblo, a eso se le llama ir al grano, cosa que yo no sé hacer.
Y tiene razón.
Y bien que me jode.




