Los americanos (del norte) no saben votar. Está claro.
Pese a ser una democracia antigua y tener una Constitución más añeja que la nuestra (229 años frente a los menos de cuarenta de la española), está claro que vamos a tener que ir para allá a explicarles quién debe gobernarles y cómo deben votar, porque resulta evidente que no se enteran de las modernas olas políticas que campan y acampan en el viejo continente.
Vamos, que no están a la moda.
Lo que han hecho los americanos no tiene sentido ni perdón de Dios, oiga, porque no tiene pies ni cabeza que nada menos que un empresario, que digo empresario, ¡UN MAGNATE! se presente a las elecciones y encima tenga la desvergüenza de ganarlas. ¿Habrase visto?
Imagínense ustedes que, en nuestro sabio país, a alguien como Amancio Ortega (por ejemplo) le diese la tontuna de presentarse a unas elecciones y, para colmo de desfachatez, lo hiciese bajo la marca de un partido de derechas.
No acierto a imaginar mayor felonía. Tiriteras me dan nada más pensarlo.
Pues algo similar es lo que ha ocurrido al otro lado del charco y buen cabreo que llevamos en el mundo civilizado por ello.
Aquí, que hemos sido capaces de darle una patada a un presidenciable algo lelo pero guapo, con su vicepresidente populista y demagogo incluido semanas después de estar a punto de entregarles el poder, no se nos negará que en la política creativa somos insuperables, aunque a poca distancia de los griegos, es verdad.
Por eso, no podemos entender como los yankees no han votado a quién debían; a una señora afable, bien parecida, de buena familia política (por parte de marido) y contrastadas tragaderas representante, para colmo, del partido de los guays.
Porque eso es lo que han sido Clinton (esposo) y . Dos Presidentes demócratas (por parte de partido) molones, cercanos a un pueblo del que han hecho desaparecer gran parte de su clase media, es cierto, pero que tocaban el saxofón y bailaban como ningún republicano sabe ni sabrá jamás, y menos Trump.
Lo de menos son esos detalles de laminación de la clase media, de políticas económicas contra natura de lo que se estila por aquellos lares y de conseguir que los americanos (del norte) vayan pidiendo perdón por el mundo al tiempo que desfaciendo entuertos que no han originado. Eso del orgullo norteamericano está demodè.
Pero tranquilos, no todo está perdido, la progresía americana, esa que sí parece haber aprendido de la española del no a la guerra, ya se encuentra en orden de batalla.
Una inmensa minoría de superiores morales ya han convertido a su futuro presidente en el muñeco del pim pam pum al tiempo que edulcoran hasta la náusea a los señores Obama en su interminable despedida televisiva, para regocijo de los empresarios del papel de enjuague.
De algo tenía que servir la exportación a aquél país de los Bardenes, Penélopes y demás fauna patria con la lección zurdo-europea bien aprendida. Dame pan y deja que te llame tonto.
Mucho le queda por aprender y aguantar al pobre Trump, convertido en cipotegato americano sólo por ser republicano, empresario y, lo peor de todo, millonario.
Tres cualidades que la minoría progre no está dispuesta a permitir ni allí, ni aquí ni en las Chimbambas.
Ya le pasó a Reagan, cuyo delito desde el principio fue ser también republicano. Lo corrieron a gorrazos desde el primer día, y eso que entonces no existían ni Facebook ni Twitter ni otras armas de difamación masiva actuales.
Luego les salió un Presidente bastante decente, apañao para con lo que le tocó bregar, pero los palos se los llevó, y no fueron pocos.
Tampoco hubo reconocimiento posterior ni póstumo, faltaría más; de la progresía, allí y aquí no cabe esperar rectificaciones ni adulaciones. Si no eres de los míos, de los de la superioridad moral no esperes reconocimiento alguno, majo.
Así fue y así será con Trump.
Que no espere tregua ni descanso por parte de quienes van a convertir el azote en su pan nuestro de cada día, tampoco agradecimiento, si es que finalmente lo hace bien como presi.
Que se agarre, que vienen curvas…
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