Tomás Monclús fue el conserje de la sala de exposiciones de la UNED cuando el Festival BFoto campaba con velocidad de crucero por estos lares, algo que nos permitió conocerle, beber vino y reírnos de lo divino y lo humano con la falta de prejuicios propia de quiénes están a vuelta de todo y de los que siempre lo estamos aprendiendo.
Tenía la divertida habilidad de interpretar el significado de las muestras de artes plásticas, tal vez por eso dijimos de él que fue el mejor dinamizador de exposiciones de Europa occidental.
Primero escuchaba a los autores, más tarde eliminaba lo superfluo y finalmente ofrecía un resumen afilado y preciso como bisturí, análisis que nunca fue falto de respeto, sino brillante disección que revelaba la esencia de las cosas. Era entonces el momento exacto en el que desvelaba qué hostias había querido contar el artista con tanto título esdrújulo.
En una ocasión se expuso un trabajo especialmente redondo: no había dónde meter un pero. Ese día, tras una densa y larguísima explicación del autor, le dijimos con ironía que bueno, que ahora ya sabía lo que tenía que contar. Sí, pero más breve, sentenció como solo lo saben hacer los auténticos comisarios de exposiciones. Y era verdad, no se podía estar ni un minuto más de lo necesario, tampoco menos. Fue tan largo el pasillo y tan corto el verano.
Tomás vivía con la alegría puesta y a pesar de las dolencias que le tocó sufrir se tomó los sinsabores de la vida con la elegancia de los que saben que la guerra está perdida de antemano y nunca es el momento de lamentarse ni de recordar dónde está guardada la bandera blanca. Fue consecuente con su forma de vida y prefirió, como casi nadie, una vida plena a una vida larga. Caía bien sin querer y siempre sonrió. Ahora Barbastro es un poco más feo, con las calles llenas de cuñados, nutricionistas y perritos con jersey, con la falta que hacen los cronopios irreductibles.
No, no voy a poner que la tierra le sea leve. Le iba a dar igual.


