De la lengua ibérica, la de nuestros ancestros, se sigue afirmando hoy en día que “no se entiende en absoluto” y razón no les falta a quienes lo predican visto el silencio de muchos eruditos –los más prudentes- o los disparates que lanzan los más audaces. Y eso que contamos con más de 2.000 textos epigráficos y un número infinitamente mayor de topónimos ibéricos. Las interpretaciones de estos últimos son, en ocasiones, a fuer de ridículas, hilarantes: Así el “¡harto suena!” de Artasona, referido al constante campaneo producido en un monasterio próximo; o el “es, era y será” del río Ésera, que bien se ganó el honor cuando se secaron todos los ríos del mundo menos él; o el escudo de la ciudad de Manacor que muestra una mano extendida con un corazón: má amb cor; o el de la villa de Buniola, también en Mallorca, con cinco exquisitos buñuelos; o –abreviando- el de la ciudad de Barbastro con un personaje muy barbado porque el topónimo significa ¡barbas de astro!. Pero de la risa pasamos a la vergüenza cuando el tal personaje, mezcla de Júpiter, Moisés y el Demis Roussos de los setenta, luce en el escudo de la ciudad, en el mercado, en la catedral, en las fuentes públicas… No es este lugar adecuado para explicar el calamitoso estado de la lingüística ibérica y sus causas; los interesados pueden consultar el volumen I de mi obra “Nosotros, los iberos. Interpretación de la lengua ibérica”.
“La ciudad del Bero” tiene un origen antiquísimo, prerromano, y bien próximos a ella se encuentran “los abrigos” prehistóricos, tan interesantes. El poblamiento inicial estuvo junto al río, orilla derecha aguas abajo, en las inmediaciones de un paraje bien conocido por los vecinos: el pequeño salto o cascada aguas arriba de S. Francisco, la cual, pese a la moderna canalización, lleva toda una eternidad con su fragor tan familiar, acrecentado en riadas y avenidas, algunas terribles, que gentes de allí “de toda la vida”, del Entremuro, me explican con detalle.
En una lengua tan primitiva, de naturaleza aglutinante, como la ibérica, las onomatopeyas son sumamente numerosas, tales como ban-ban-ban que indica una y otra vez, constantemente, siempre (p.ej. Vaso de Llliria “El Caballo”); bur-bur expresiva de abundancia (Bu(r)-iza-n > Buisán); panp indicativa de caída (Panplona); o bar-bar, ruido o fragor del agua. De sus tres notas esenciales –imitación, repetición y cadencia- en ocasiones se conservan dos: Bar-bar-iza (Barbarisa), Bar-bar-onzi (Barbaruens), y en otras, perdida la repetición, se transforman en raíz, BAR, con el mismo significado de ruido o fragor del agua. Éste es el primer elemento de la construcción intelectual o engendro lingüístico en que consiste el topónimo Barbastro.
A bar viene a aglutinarse el sustantivo BASO, vaso, recipiente y, referido a una corriente de agua, “poza”. Este sustantivo es el étimo del castellano vaso, por más que los romanistas a ultranza preconicen el latín vas, lo que constituye un craso error pues los romanos, y con ellos el latín, no arribaron a la Península hasta el año 218 a. de C., cuando el topónimo BARBASTRO tenía ya varios miles de años de antigüedad. Hay, además, otro argumento contundente: jamás en un topónimo construido con tres formas puede haber dos ibéricas y una latina, no se puede dar la mezcolanza ya que cada nombre de lugar surge en el seno de una cultura diferenciada. A barbaso se une el sufijo –TORO, con valor diminutivo y que referido a poza traduciremos por “pequeña”. Barbaso + toro enlazan siguiendo la norma fundamental de la aglutinación, cual es la elipsis al final del primer término: BARBAS(o)TORO. Solo nos queda por reseñar el marchamo final de iberismo: la síncopa de vocal (en este caso la /o/) tras consonante oclusiva (la /t/), seguida aquélla de la vibrante e igual vocal: BARBAST(o)RO (fenómeno fonético de elisión nº 4). El significado, evidente, es “el fragor del agua en la poza pequeña”.


