Hoy me he levantado sintiendo el dolor de miles de ucranianos que han decidido abandonar sus hogares ante la invasión militar de Rusia a su país. En muy pocos días el horror de esta contienda se ha instalado entre millones de personas.
Sentada delante del ordenador, encogida por la angustia, retomo un poema del Cancionero y romancero de ausencias de Miguel Hernández, que, con gran fuerza expresiva, muestra el pesar a causa de cualquier guerra. Mientras, por mi mente desfilan edificios destruidos después de los bombardeos, caras de jóvenes y mayores visiblemente afectados cruzando la frontera de Ucrania con Polonia. Noto, como si fuera en mi propia carne, esos abrazos de quienes han de dejar a algunos de sus familiares en su país mientras ellos huyen de los ataques rusos. Imagino a los voluntarios repartiendo bebidas calientes, consiguiendo confortar a los refugiados con ese calor humano que las personas de buena fe irradian. Veo correr a decenas de mujeres, pequeños y más entrados en años, protegiéndose en refugios antiaéreos en la ciudad de Kiev. No dejo de pensar en la suerte que correrán los niños en las escuelas, después de la explosión de diferentes artefactos. Como si de un fogonazo se tratase, pasa por delante de mi vista una estación de metro de la capital ucraniana, todavía grabada en mi memoria en un viaje que queda ya lejano en el tiempo, convertida ahora en un punto de escape.
Logro salir de este delirio que se agolpa en mi cabeza y leo, de nuevo, esos versos del gran Miguel Hernández, el cual durante la Guerra Civil española, en pleno combate bélico, logró convertir sus palabras en un canto poético, consiguiendo que estas se erigieran en un alegato por la paz.


