A principios de febrero mi emisora predilecta emitió reiterados anuncios de la próxima interpretación de “La pasión según san Mateo”, de J.S. Bach, en el Auditorio Nacional, prevista para el viernes 6 de marzo. Tras comentarlo con a mi mujer compré las entradas por internet; a continuación dos más para el teatro Alcázar, y dos noches en un hotel junto a la plaza de España; previmos la salida a Madrid para el jueves 5 de marzo y la vuelta el sábado 7, por la mañana.
Al poco comenzaron a llegar noticias preocupantes del norte de Italia, donde habíamos pasado el puente de la Constitución, dos meses antes, entre Milán, Bérgamo y Bolzano. Aquel reciente viaje me hizo prestar especial atención a las noticias que de allí venían, algunas inquietantes… Por el contrario el mensaje oficial del gobierno español era de calma y tranquilidad: “Todo bajo control”. Esa discrepancia entre lo que ocurría en Italia y la templanza de aquí me dificultaba entender bien las cosas, y me vi ante un abismo de confusiones y torpezas. Digamos que yo andaba con la mosca detrás de la oreja. Para colmo había leído algún libro sobre epidemias y pandemias, en siglos pasados, luego sabía qué cosas podían ocurrir…
En esas fechas un hecho me dejó tan asombrado como quien ve volar un burro: dos mil quinientos aficionados del Valencia viajarían a Bérgamo para un partido de futbol que se disputaría en Milán, a puerta cerrada.
La segunda noticia que me causó similar estupor fue el último fin de semana de febrero, en una comida familiar, cuando pregunté a una de mis hijas (enfermera en el hospital de Barcelona que días después se dedicaría, exclusivamente, a atender enfermos de la Covid) si había suficientes EPIS, o trajes de defensa.
- Pocos
- ¿Pocos?
- Sí, muy pocos…
Ambas noticias me confirmaron que hay cosas que no se pueden entender nunca, por más vueltas que se les dé.

Conforme se acercaba el día de partida las noticias de Italia aumentaban en preocupación, a diferencia de los tranquilizadores mensajes del Gobierno español. Un bloguero mallorquín residente en Milán describía escenas alarmantes donde semanas antes habíamos estado: https://www.cronicabalear.es/2020/02/un-mallorquin-en-italia-la-gente-esta-muy-asustada-y-las-calles-vacias/ . Para colmo la última semana de febrero Italia confinó varias ciudades del norte (https://www.20minutos.es/noticia/4162062/0/lombardia-veneto-focos-coronavirus-italia/) .
Mientras tanto, con la pachorra que yo creía exclusiva de Rajoy, el gobierno de España estaba cociendo el pan de la Ley de libertad sexual, una iniciativa de Irene Montero (muy rebajada está la talla de los ministros) que en aquellos días andaba muy contenta con su ley pese a su deficiente redacción que ocasionó un “choque” dentro del Gobierno, como reflejó El País del 20 de febrero: https://elpais.com/sociedad/2020/02/20/actualidad/1582199071_857892.html
En el mismo horno gubernamental, pero a diferentes horas, se cocía el pan catalán, con la ostentosa mesa bilateral Gobierno-Generalidad (que algunos titulaban España-Cataluña, dicotomía que ponía furioso a Azaña, según cuenta en sus memorias)
Las aplastantes noticias italianas no hacían mella en la actividad panadera de Sánchez y los suyos, a sus bollos, y el Ministerio de la Igualdad se volcó de lleno en actividades feministas, según informó el ABC de 3 de marzo:
“El Ministerio de Igualdad está preparando diversos actos durante toda la semana del 8 de marzo, con el objetivo de reivindicar el valor del feminismo, según ha informado el Ministerio.”
“Juntas haremos temblar la Tierra”, rezaba un cartel patrocinado por el Gobierno. (Cuando lo leí imaginé que las feministas debían tener sobrepeso para semejante tembleque terráqueo).
Mi inquietud y confusión iban en aumento conforme se acercaba el día de la partida, percibido como un abismo de confusiones y contradicciones.
Decidimos ir a Madrid con mucha precaución: gel limpiador de manos, no tocarnos los ojos, nariz y boca, y un botellín de agua para beber frecuentemente. La víspera en las farmacias de Barbastro ya no quedaban geles limpiadores (recuerdo la cara de susto, cuando lo supo, de un comerciante local que emprendía viaje, al día siguiente, a una feria de alimentación en Toulouse). En su lugar compré un bote de alcohol.
Llegamos a Madrid una mañana luminosa y ligeramente fresquilla; con su trasparente cielo azul velazqueño que tanto la adorna; en la Gran Vía muy pocas personas llevaban mascarilla: chinas y jóvenes. Al llegar a la habitación del hotel, cumpliendo el protocolo, fuimos a lavarnos las manos que secamos con el secador de pelo.
Aquella noche, antes del teatro, en la calle de Alcalá una orquestina de cuerda tocaba el triste vals de Shostakóvich. Hacía frio, llevaban ropa muy ligera y me pregunté en qué falansterio habitarían y cómo se cobijarían si llegaban malos tiempos por el virus… Por sus rasgos me parecieron del Este de Europa, quizás de Bulgaria, o Hungría. Había unos ocho varones y dos chicas. Pregunté al más joven y me dijo que eran, en su mayoría, venezolanos, pero también algunos del Este. En Munich, una gélida y oscura noche de invierno, desde un soportal de la calle Neuhauser sonaba una guitarra interpretando “Recuerdos de la Alhambra”. Nos aproximamos al guitarrista, le dimos propina, y las gracias; le dije que éramos españoles y le pregunté de dónde era; era moldavo . Al oír la palabra España cogió la guitarra enérgicamente, se abrazó a ella y exclamó “¡Asturias!” arrancando la entrañable canción de Albéniz. Una elegante mujer alemana, de mediana edad, rubia, alta y delgada, detuvo su rápido paseo y se acercó a nosotros, para disfrutar con aquellos acordes. Quiero decir con esto que me gusta saber de dónde son los músicos callejeros a quienes doy propina; y que he llegado a encontrarme con una pareja de Volgogrado (antigua Estalingrado)

Al día siguiente, viernes, ocupamos la mañana en visitar lugares próximos a la plaza Mayor y la Latina. Luego, en dirección al museo Thyssen, pasamos por la acera del Ministerio de la Igualdad. Colgaba una pancarta morada en la fachada que expresaba el entusiasmo de la ministra: “Feministas”. Me pregunté qué hubiera ocurrido si cuando Álvarez Cascos era ministro hubiera colgado esta pancarta en su ministerio: “Asturianos”.
Hay gente obligada a expresar su entusiasmo con carteles y mensajes colocados en los lugares públicos. Ideario apasionado. Se acercaba el domingo, los motores estaban calientes y estaba por ver qué grandes ideas despuntarían este año en el caletre de las feministas. El año pasado hubo una muy singular:
Ito, ito, ito
mi hija tiene pito.
Oño, oño, oño
mi hijo tiene coño.

Días antes, en Alemania, el gobierno había recomendado que no hubiera manifestaciones feministas, y no hubo ninguna.
Al salir del Thyssen, con un amigo, cruzamos Cibeles, en dirección al paseo del Prado; en la plaza unos operarios montaban una tarima, morada, para engalanar el nublado del domingo. Comimos en la zona de Palacio, en una pequeña tasca especializada en unos bocadillos de jamón pasado por la plancha, con forma de roscón de san Blas. Muy buenos. Fuimos los primeros en sentarnos a la mesa y el local olía muy raro; era como si lo hubieran desinfectado con lejía a la que hubieran añadido algún producto disimulador del olor, con el resultado de otro mucho peor al de la lejía que se quería ocultar. Experimentos químicos fallidos. La molestia olfativa duró unos minutos hasta que se volatilizó el mejunje. La camarera, muy coloquial y habladora, nos dijo que tenía 19 años y que no le importaría coger el coronavirus para guardar una semana de baja, que estaba muy cansada… La mesa era muy pequeña, apenas cabía el avío, y los comensales estábamos muy juntos; a mi espalda se hablaba italiano, miré y supuse que sería una estudiante de Erasmus con sus padres. Decidimos tomar el postre en La Mallorquina, junto a la puerta del Sol, donde habíamos quedado con otro amigo.
Atravesamos la Latina, pasando junto a la calle “Puñonrostro”, otro curioso nombre para guardar en ese baúl de recuerdos, cada cual más sorprendente: “No te escondas”, leí en Cuevas de Almanzora; “Humilladero”, en Sigüenza…
En el altillo de La mallorquina había libre una mesa junto al ventanal que da a la calle Mayor. La decadente luz del Sol se filtraba calentita por el cristal y templaba gratamente la mesa y las sillas; presto llegó el camarero a retirar las cosas.
─ ¡Qué suerte encontrar una mesa libre a estas horas!, —dije.
─ La clientela ha bajado mucho con esto del virus, por lo menos la mitad, sobre todo en gente mayor ─nos dijo el camarero.

Me senté frente al cristal, teniendo frontera la casa Cordero, quizás la más representativa del Madrid del siglo XIX. Galdós la cita en “Fortunata y Jacinta” cuando Fortunata, en un ataque de cuernos, sale disparada de su casa, atraviesa varias calles, llega a Sol, enfila la calle Mayor y pasa “frente a la casa Cordero”, antes de alcanzar la cercana plaza de Pontejos, donde mora, plácidamente, Jacinta. Elegí un pastel delicioso, exquisito. Hasta entonces mantenía que el mejor pastel que había comido fue uno en Gouda. Pero el de La Mallorquina no era inferior al de Flandes…
Tanto al salir de la pastelería, como al entrar, nos lavamos las manos.
Más tarde cogimos el metro hacia el Auditorio. En el vagón, frente a nosotros, tres jóvenes alemanes llevaban, cada uno, una botella de litro y medio de agua en la mano. Serían de Erasmus. En Alemania el gobierno no dicta leyes, ni decretos, para regular la respuesta a las pandemias; basta con recomendaciones que tienen tanta autoridad, o más, que las tablas de Moisés. Por lo visto los teutones cumplen las recomendaciones de Merkel allí donde se encuentren, aunque sea en el extranjero. Y hacen bien.
Llegamos al Auditorio y esperamos un rato en la plaza, a que abrieran. Una vez dentro mucha gente se lavaba las manos en los servicios. El techo del Auditorio, de madera tropical, parece las quillas de numerosos barcos que hubieran naufragado en un choque múltiple. Quedaban unos minutos para el comienzo y calculé que habría unas 700 personas. Había leído que el virus afectaría al 10% de la población y que moriría el 3% de los afectados. Y empecé a calcular: 70 personas de la sala quedarían, o quedaríamos, afectados. Andaba en estas álgebras cuando nos tuvimos que levantar porque dos chicas jóvenes atravesaban la fila, cogidas de la mano. En una visión fugaz me pareció que la segunda era ciega. Si de 70 personas el 3% fallecen entonces 2 de los allí presentes se irían al otro mundo, barruntaba. Y os podéis imaginar que me pregunté si en ese cupo estaría yo… Miré a las chicas y, efectivamente, era ciega: tendría unos 25 años, rubia, de piel blanca y facciones hermosas.
El coro infantil de la grande coral era una docena y media de niños del colegio Rosales, donde se educan nuestra princesa y la infanta. El director era eslovaco. Todo transcurría muy bien. En el entreacto nueva visita a los lavabos para lavarnos las manos, costumbre muy extendida entre los asistentes… El tema de conversación más común era el del virus, y noté preocupación, pues ya se habían dado casos de muertes en Madrid. La sensación que tuve fue que los madrileños estaban viendo venir algo que no acaba de venir, el presentimiento inseguro de algo.
Al día siguiente, sábado, caminamos por Princesa hacia la calle del Marqués de Urquijo, para comprar unos postres para regalo en Viena Capellanes. Al pasar frente al palacio de Liria, y ver detrás el cuartel de Conde-Duque, como mascarón de un navío varado en un barrio madrileño, propuse a mi mujer entrar a la vuelta, para ver el despacho de Ramón Gómez de la Serna. Se halla en una gran sala diáfana, de una primera planta, guardado dentro de una especie de biombo poligonal, de obra; a través de unas ventanas irregulares pueden fisgarse los artilugios y cachivaches que gustaba coleccionar al genial escritor. En mitad de la sala, frente al biombo, se hallaban sentadas la encargada de las entradas y la vigilante. Ambas jóvenes. Mientras caminábamos hacia ellas me pareció que nos veían venir con mirada insegura, temerosa. Parecían estar al acecho del acaso que podía pasar… Me mantuve alejado de la mesa para entregar las entradas, y ambas estuvieron muy amables; tuve la sensación de que aquellas jóvenes sentían venir algo sin ver el mecanismo que lo trae. Algo que a cada momento engrosaba más.
Bajamos por la escalera , sin usar el ascensor, y entramos en otra sala, abarrotada en una exposición sobre los españoles que emigraron a los Estados Unidos a principios del siglo pasado. Miré y remiré fotos, por si veía en alguna de mi abuelo Macario (en latín Macrio, que me gusta) y tras la visita salimos hacia el hotel .
En la plaza de España cruzamos hacia Gran Vía, a escasos metros del edificio de un Ministerio donde la ministra Carmen Calvo, semanas después, se recuperaría de la Covid, tras haber asistido al nublado feminista que tendría lugar al día siguiente, domingo.
“Les va su vida como ciudadanas” había dicho Calvo el jueves 5 de marzo, para animar la cosa. En Alemania, días antes, Merkel había recomendado que se olvidaran de esas cosas.



