Jesús Escartín Celaya
Es la demagogia al uso como arma arrojadiza contra el adversario político, la que nos hace desconfiar a muchos que se supere pronto la crisis económica que padecemos. ¿Por qué? Pues porque los partidos políticos son tan insolidarios entre ellos que prefieren desgastar al contrario a costa de enmarañar situaciones complicadas, en vez de colaborar aportando posibles soluciones.
Y como nunca faltan ingenuos que pican, nos proclaman a los cuatro vientos: «quieren acabar con todo»; «están poniendo patas arriba el estado del bienestar»; «hay dinero para la banca y no para la sanidad y la enseñanza»; «ya no les queda ninguna promesa por incumplir»…, a sabiendas de que ningún gobierno democrático restringe el gasto social de no ser necesario porque le costará votos; obviando la certeza que tienen de que si se dejara quebrar a un banco nadie compraría deuda española a ningún precio y la bancarrota estaría servida, y recurriendo a tretas para denunciar la alteración de algunas ofertas electorales que resultan inaplicables al no corresponderse con los datos que se facilitaron para calcularlas… Como tampoco se ejerce una oposición seria apoyando huelgas generales o sectoriales y dando consignas a colectivos afines, en el convencimiento de que pese a que no conducirán a nada práctico reportarán rentabilidad electoral. O presentando toda una retahíla de iniciativas parlamentarias, antes ignoradas, en demanda de inversiones sin visos de prosperar.
De las crisis no se sale sin adoptar medidas impopulares. Criticar los recortes cuando son inevitables es una pérdida de tiempo que ojalá les pase factura. Son trances que deberían afrontarse en positivo, porque la carencia de medios agudiza el ingenio y lleva a valorar, en su justa medida, el coste de las políticas sociales. Unos servicios que han de ser por norma deficitarios para el Estado, pero que no se deben planificar sobre bases inconsistentes para ser utilizados como baza electoral. Que ahí están las repercusiones negativas generadas por la insostenible deuda existente.
El asunto es muy complejo. La zona euro está acechada por grandes problemas. A todos se nos exigen sacrificios. Y para colmo, algunos políticos piden subir más los impuestos mientras ellos no se rebajan los haberes que perciben. Es como para patear el gorro, de verdad.

