Me piden un análisis político de las elecciones y he de confesar que me sobrepasa ampliamente el cálculo de los pactos que se puedan establecer según los resultados obtenidos.
Simplemente quiero celebrar con todos ustedes al menos una cosa. Puede que a partir de ahora veamos un Parlamento donde se dialogue bastante más. Un Parlamento donde ya no se aprobarán leyes importantes sin admitir debates o enmiendas y casi siempre esas aprobaciones ya no serán un mero trámite, ni una provocación a la oposición por parte de ciertos ministros, de cuyos nombres prefiero no acordarme, pero que venían a decir: -“Si no queríais taza, tomad taza y media y a callar”.
La arrogancia predominaba desde la tribuna de oradores y el brillo de una dialéctica de los argumentos, razones y conceptos eran barridos por un rodillo que se empujaba en cada trámite legislativo con tan sólo apretar con un dedo diligente y disciplinado el correspondiente botón que daba testimonio de una mayoría absoluta desintegradora del Estado del bienestar. Aquel Estado del bienestar muy luchado y muy merecido por esta democracia que se volvió autoritaria e insensible desde la bancada azul del Gobierno hacia las víctimas de la crisis.
Qué vergüenza daba oír: ¡-“Que se jodan…”!, al referirse cierta diputada a unos parados que veían disminuir sus prestaciones por desempleo.
Prefiero escuchar, a partir de ahora, largos debates y encarnizadas batallas dialécticas conducidas siempre a lograr el consenso ante difíciles decisiones o transcendentales modificaciones de la Constitución, por ejemplo.
Hasta aquí llega, al menos por el momento, un humilde y sereno análisis político de estas elecciones.

