¿Cómo ha vivido personalmente la muerte de Francisco?
De manera sorpresiva. Sabíamos que estaba delicado de salud, pero en ningún momento intuí que fuera tan inminente. Incluso la noche anterior al Lunes de Pascua, día de su muerte, estuve viendo si había salido a dar la bendición. Y sí, salió, aunque ya casi no tenía voz. Vi que había hecho el recorrido y pensé que estaba delicado, pero que se iría recuperando. A las nueve de la mañana del lunes celebré misa en la Alegría de Monzón, y al entrar a la sacristía me dicen que acaba de fallecer. Al principio no lo podía creer.

He sentido orfandad, porque era un padre que conocía nuestra Diócesis, sabía dónde estaba, qué nos preocupaba y se implicaba en todo. Así que las tres palabras que resumen lo vivido serían: sorpresa, orfandad y gratitud. Gratitud por todo lo que ha sido para la Iglesia y para esta diócesis.
Si tuviera que escoger una palabra o imagen que resuma lo que sintió al conocer el nombre del nuevo Papa, ¿cuál sería?
También sorpresa. No esperaba que saliera Robert Prevost. No estaba en las quinielas. Que saliera en la cuarta votación fue sorpresivo. Pero tengo que decir que no esperaba absolutamente nada, porque el que saliera sería el que más convenía a la Iglesia. Lo he dicho muchas veces, si uno mira a los últimos papas, todos sorprendieron. Juan XXIII convocó un concilio. Pablo VI dijo que había que celebrarlo y ayornar, poner la Iglesia al día. Juan Pablo I apenas pudo hacer nada en 33 días, pero fue una primavera. Juan Pablo II viajó por todo el mundo. Benedicto XVI puso el centro en Cristo. Francisco visibilizó el rostro de Cristo en los pobres. Concentrar, centrar, descentrar. Y el nuevo papa seguirá esa línea desde el Concilio Vaticano II. No hay saltos, hay continuidad. Hoy no se trata de progres o carcas. Hoy o se es de Jesucristo o no se es de nada.
¿Qué emociones cree que ha despertado esta elección en los fieles de nuestra Diócesis y en el conjunto de la Iglesia?
Esperanza. La Iglesia tiene al pastor que ha pedido, y Dios no abandona nunca a su rebaño. Por eso no me preocupaba quién saliera. Veía las quinielas, incluso jugaba un poco a bromear, pero me daba igual quién saliera. El que esté es el que debe estar. Siempre que iba al Vaticano enseñaba la Cátedra de Bernini. Esa silla, aunque sea simbólica, la ocupa el sucesor de Pedro. Me da igual que se llame Pedro, Juan, León, Benedicto o Francisco.
¿Qué espera usted del nuevo pontificado? ¿Hacia dónde cree que el Espíritu Santo sopla en estos tiempos?
A dar respuesta a lo que necesitamos. Hoy, en este momento de crispación, se necesitan hombres de comunión y unión. El papa lo repitió en su saludo inicial: familia, unidad, comunión. Necesitamos revertir el orden de la creación. Poner a Dios en el centro para que el hombre sea más hombre y más humano. Y este papa, según dicen, es humilde, sencillo, escucha, es claro, convincente y toma decisiones. No lo tiene nada fácil.
¿Va a seguir la senda aperturista del papa Francisco?
Seguirá la línea del Evangelio. No sé si eso es apertura o cierre, según se mire. Pero el Evangelio siempre es novedad, esperanza, respuesta para los más desfavorecidos. Será una línea de continuidad.
¿Qué retos cree que afrontará el nuevo papa y qué espera de su papel en el diálogo interreligioso, la defensa de los más vulnerables y la continuidad respecto a sus predecesores?
Los retos son los que tiene hoy la sociedad: paz, violencia, unidad, abusos. El Papa ha vivido una realidad clara en Perú, y por eso, tolerancia cero. También están el tema de la mujer, de la ministerialidad, la corresponsabilidad, la sinodalidad. No son temas nuevos, son los del Vaticano II, sólo que aún están por desarrollarse.
¿Qué mensaje le gustaría que llegara a los jóvenes en este momento de cambio?
Que no tengan miedo. Que se fíen de Dios. Que sean ellos mismos. Vivimos estresados, nos exigen tanto, que uno necesita recordar que la vida está para vivirla y disfrutarla. Tener familia, amigos, poder compartir, salir. Hacer una vida lo más agradable y humanitaria posible.
¿Cómo va a quedar el asunto de Torreciudad con el cambio de papa?
Yo me imagino que igual que estaba. Está en manos de la Santa Sede. El comisario sigue siendo el mismo. Hablará con el Papa, le contará lo hecho y recibirá indicaciones. Yo no tengo ninguna inquietud ni preocupación. Este papa buscará ayudar a la gente a encontrarse con la paz de Dios y la felicidad.
Estamos en vísperas de San Ramón. El año que viene se celebran los 900 años de su muerte. ¿Cómo lo esperan celebrar?

Ya hemos solicitado a la Santa Sede prolongar un año jubilar, y lo vamos a celebrar como se merece. San Ramón es un santo que todo diocesano debería tener como referente. Fue un pastor que veló por su pueblo, luchó por él, y estuvo al margen de las luchas de poder. Sufrió, pero fue fiel siempre a su esposa, la Diócesis de Barbastro.
A pesar de ser desterrado, por justicia, ley y cariño a su pueblo, dio la vida. Muchas iglesias románicas —Boí, Caldas de Boí, Alagón, Roda de Isábena— son fruto de su preocupación pastoral.
Cuando salió lo de los cordones de la victoria, me conmovió que el pueblo fiel tejiera una especie de cenefa en la casulla, hablando de la victoria en medio del fracaso, de las insidias, calumnias, persecuciones, destierro… Es un canto a un pastor que sabe lo que se lleva entre manos.
¿Le recuerda algo a Francisco, San Ramón?
Todo. Y de alguna manera, es lo que todos quisiéramos. Ha sido un hombre valiente, libre, que busca el bien de los más desheredados.
Usted ha mantenido una relación cercana con el papa Francisco. Si pudiera hablarle por última vez, sabiendo que va a morir, ¿qué le diría?
Gracias. Esa palabra lo encierra todo. Admiración por una persona que conoce a sus ovejas. Que conozca Barcelona, Madrid o Sevilla es normal, pero que conozca Barbastro-Monzón y lo que se cuece aquí, no tanto.
Con él he hablado mucho sobre las unidades pastorales. Me animó muchísimo, porque ese es un camino de sinodalidad. Le hablé también de la unificación de las diócesis (Huesca – Jaca – Barbastro – Monzón), que no es el camino adecuado. Es un peligro que algunos quieren forzar, y a mí me parece equivocado. Volveríamos a los tiempos de Esteban. No tendría sentido. Esta diócesis ha salido tres veces de sus cenizas y lo volvería a hacer. Tiene vida.
Eso es lo que le planteábamos a Francisco, que, aunque estamos casi en cuadro, hemos sido capaces de atender pastoralmente, llevar la palabra, la Eucaristía y la ternura de Dios a 254 parroquias, reestructuradas en ocho unidades pastorales y cuatro arciprestazgos.
Los más de cuarenta curas, de unos sesenta años de media, hemos hecho equipos de misión con laicos. Él se sobrecogía al ver que se podía. La unificación de las tres diócesis supondría 16.000 km², 600 parroquias, 60 curas de más de 70 años. Es inviable.
¿Quién quiere la unificación?
Esto se comenta. Ya se intentó con Omella, que fue pastor de Huesca, Jaca y Barbastro. No digo que sea inminente, pero sería un fracaso y un error grave. Nuestra Diócesis está en condiciones de responder a las necesidades. Las demás, que hablen por ellas.
Y por último, el tema de los mártires.
Eso es lo que tiene que quedar como santo y seña de esta diócesis. No es Torreciudad, ni los bienes. Lo que la magnifica es su gente. Tenemos el porcentaje mayor en población de mártires de toda España. Yo diría que de la Iglesia universal. En una población de cien mil habitantes, hay más de 300 mártires. Ciento y pico ya están beatificados. Los otros, unos 252, están en proceso. Si lo logramos en este pontificado, Barbastro será la primera diócesis martirial por excelencia. Eso indica que su gente, por encima de todo, ha sido fiel al Evangelio.


