En la pasada colaboración hablamos de grandes avances de la Neurociencia de los últimos decenios, y de cómo nos podemos beneficiar para disfrutar más y mejor durante la edad madura. Citábamos cuatro factores protectores de las enfermedades neurodegenerativas, y que eran, por orden de importancia, los siguientes:
1. Realizar ejercicio físico regularmente
2. Cultivar las relaciones sociales
3. Prevenir accidentes vasculares, cuidando la dieta y previniendo el estrés
4. Afrontar retos y desafíos cognitivos
En aquella ocasión, abordamos el primero. Así que hoy vamos con el segundo. ¿Y se puede saber por qué resulta tan importante el hecho de cultivar las relaciones sociales? Hay una razón de peso: porque tenemos un cerebro social.
Que yo sepa, hoy nadie va andando a cuatro patas, ¿no?, pues hace tres millones y pico de años que abandonamos la posición bípeda; es algo que no podemos negar. Pues de la misma manera, tampoco podemos negar la evidencia de estar equipados genéticamente con un cerebro social.
Hace unos años, hubo un descubrimiento que causó cierta perplejidad a los neurocientíficos, y es el que voy a intentar explicar con un ejemplo.
Un ejercicio del que nadie puede prescindir es el autoconocimiento, el hacer un escrutinio de sí mismo, en el que no faltan los planes, los proyectos de futuro. Me acabo de levantar, y nada más entrar al baño, me pregunta ese tipo que se aparece ahí, delante del espejo: «¿Qué tal, Quino, el nuevo día?, ¿qué pinta le ves?»
Y en función de mi estado de ánimo, le dejo caer: «¡Ufff, menuda la que se me espera! «O tal vez, en caso de que se me entrecruce algún verso de la canción de Luz Casal, ni frío ni calor: «No sé, tronco, creo que voy a tener un día marrón.»
O acaso se me escape una sonrisa: «¡Guay, colega, guay!»
En cada una de esas posibles contestaciones, se entremezclan mis expectativas, el mayor o menor peso del factor esperanza, la confianza en mí mismo para hacer frente a los desafíos… Bien, pues resulta que cuando estamos ocupados en ese tipo de juicios introspectivos, activamos unas determinadas zonas cerebrales, que son exactamente las mismas que movilizamos cuando sentimos empatía, cada vez que nos importa lo que les ocurre a otros.
Pues fijaros lo importante que es el autoconocimiento, que nuestra máquina cerebral lo controla desde la misma estructura neurológica que el sentimiento de empatía a través del cual nos sentimos afectados por lo que les ocurre a otras personas, aunque no las conozcamos. Sin ir más lejos, estos días podemos advertir infinidad de señales empáticas para con el pueblo ucraniano castigado por la guerra.
Otra evidencia de nuestro cerebro social nos la brindarían las neuronas espejo, las cuales nos permiten anticiparnos a muchas reacciones ajenas, actuando en consecuencia. Pero hay más argumentos que apoyan el hecho de que nuestro cerebro fuera esculpiéndose así a lo largo de los milenios. Y ahí vamos ahora.
No podemos comprender la verdadera dimensión del cerebro al margen del movimiento. Si retrocediéramos el reloj de la historia hasta unos dos millones de años atrás, y pudiéramos observar a través de un objetivo indiscreto la forma de vivir de aquellos homínidos, asistiríamos, atónitos, a una película en la que el movimiento sería constante, y orientado permanentemente a la supervivencia.
Pues de la misma manera que nuestro cerebro no puede prescindir del movimiento, tampoco de lo social. En las especies de homínidos que nos precedieron, el cerebro se fue configurando bajo circunstancias sociales excepcionales. Una de ellas tuvo que ver con la competitividad: a medida que las poblaciones fueron emigrando de zonas ecuatoriales hacia las periferias, tuvieron que competir por conseguir recursos suficientes para la supervivencia. Además, el éxito de la especie se basó en la formación de grupos sociales cooperativos.
Y, a la par, aconteció algo mágico de veras: la evolución del lenguaje y, con él, del pensamiento, lo que a su vez posibilitó el intercambio de ideas y soluciones habilidosas e innovadoras para hacer frente a un mundo adverso y en constante cambio, tanto que hace unos 10.000 años fuimos dejando atrás la vida de cazadores-recolectores y nos hicimos agricultores.
Reiteramos. De la misma manera que tu organismo necesita de una dieta equilibrada, tu cerebro no puede prescindir ni del movimiento ni de las relaciones sociales. Es algo que yace grabado en su propio diseño. Al fin y al cabo nuestra condición de seres necesitados comenzó en una zona cálida del útero materno. Y a la madre continuamos unidos, mucho más allá de que alguien seccionara el cordón umbilical que nos amarraba a ella.
Así que date permisos para cultivar las relaciones sociales. Incluso si tu movilidad te lo dificulta, hoy disponemos de tecnologías que nos permiten acercarnos virtualmente a los seres queridos, a nuestras amistades, a personas conocidas —digo virtualmente, si bien las neuronas espejo hacen magia, en nuestra mente, cada vez que hablamos con ellas, y aunque sea a través de la distancia, sentimos como si las tuviéramos delante, junto a nosotros—.
Pues ese regalo que te estarás dando a ti, que te lo mereces de sobra, es a la par el mejor reconfortante que le estarás dando a tu cerebro, que fue diseñado como ente social, y que no puede dejar de serlo.

