¿Cuándo se llega finalmente a conocer a otro ser humano? Algunos dicen que nunca, que es difícil llegar a las profundidades de otro ser y que nunca sabremos realmente lo que están pensando. El misterio forma parte de la vida, y aprender a convivir con él es lo que hace que la vida merezca la pena y sea interesante. Respeto por lo que el otro elige enseñarnos, tal y como es, sin cambiarlo, con toda libertad. Las personas no son el único ser vivo que existe en profundidad. La oscuridad y el misterio son la razón de ser de la naturaleza, y es ahí donde reside la magia de su creación espontánea, más allá de lo que los humanos podemos controlar.
En Forallac, un municipio de poco más de mil setecientos habitantes situado en la comarca catalana del Baix Empordà, desde hace treinta años, un grupo de hombres y mujeres se reúnen durante un mes entero en medio del bosque para devolver a la vida una carbonera tal y como lo hacían anteriormente sus antepasados. Amontonan la leña en vertical y la cubren con arena dejando un hueco en su centro por donde se encenderá el horno y se alimentará de más leña. Nunca vieron hacerlo realmente pues estas pilas tan populares para la obtención de carbón vegetal desde la Edad Media y hasta los años cincuenta han desaparecido por completo. Fue un día cuando el señor Lluis Pla, uno de los pocos carboneros que quedaba con vida, tuvo la iniciativa de juntarse con un pequeño grupo de hombres para levantar una carbonera en el macizo de les Gavarres. Ese fue el principio de una tradición que ha vuelto a la vida para ofrecer a los vecinos de la zona mucho más que carbón: esperanza.
Hasta su fallecimiento, Pla compartió con todos ellos sus secretos y juntos co-crearon una nueva comunidad de carboneros extremadamente comprometida a cuidar de los secretos que guarda el carbón y así Les Gavarres nunca perdiera esta parte tan importante de su patrimonio. Durante casi tres semanas, después de prender llama en el interior de la carbonera, los tres carboneros mayores junto con el alcalde, duermen en el bosque. Cada dos horas, más o menos, hacen turnos y se levantan para asegurarse que todo está en orden y que la carbonera funciona. Para obtener carbón, la leña solo puede cocerse, si se ausentan por demasiado tiempo podría quemarse. Se reúnen para tomar decisiones y se ayudan entre todos. Las normas no están escritas en ningún sitio. Se sirven solo de la intuición y de la confianza que tienen el uno con el otro y del trabajo en equipo para hacer lo que haga falta para obtener con éxito el carbón vegetal que se esconde debajo de esa montaña de arena. La esperanza de que la leña que queda escondida bajo la arena cocerá como es debido es lo que les da la fuerza para aguantar la dureza del bosque y la convivencia con el humo.
Fotoreportaje: Carbonería del Forallac, por Iris Mir.
La Carbonera es un lugar de acogida. Todos llegaron a ella en momentos diferentes de sus vidas. Atraídos por su vital latido, decidieron quedarse. Los momentos más valiosos son los que pasan alrededor de esa pila de humo, mientras la naturaleza y el fuego hacen su trabajo en silencio. Desayunan, comen y cenan todos juntos, acompañados en mesas colindantes por vecinos de la zona. La gente se junta con familiares y amigos para cocinar en barbacoas comunitarias, ríen, comparten historias, demuestran cariño y encuentran consuelo, los unos con los otros, alrededor del fuego. Mientras el carbón se cuece a oscuras, aquél que acuda a La Carbonera de Forallac sabe con certeza que ahí nunca estará solo.

Todos los carboneros tienen sus vidas y para los que no están todavía jubilados, incluso tienen su empleo. Aún así, con diligencia sacan tiempo para dedicárselo al carbón y dejar a un lado la ajetreada vida moderna. El oficio de carbonero no es fácil. Alimentar la carbonera es un recordatorio del poder transformador del fuego. La pila llega a alcanzar en su interior temperaturas de novecientos grados. Subidos en su cima, los carboneros soportan los asfixiantes y quemadores humos que desprende mientras echan más leña en su interior. Se les escucha toser desde abajo, renegar al sentir como ese trabajo que tanto les apasiona pone sus límites a prueba, pero aguantan, día tras día, hasta que el carbón está cocido. Es momento entonces de retirar cuidadosamente la arena y empezar a recogerlo. Capa a capa, un proceso que lleva unos tres días, los carboneros admiran con orgullo este regalo de la naturaleza que ha sido solo posible gracias al cuidado que ellos le han prestado. Entre todos, años tras año, recuperan esa forma de vida mediterránea de cuando el ser humano vivía en comunión con la naturaleza, de manera solidaria y con respeto hacia el entorno y hacia el otro.
Esa poderosa llama que volcaron en el interior de la carbonera el día de su encendida se ha apaciguado. Mientras el carbón yace en el suelo en forma de círculo alrededor de lo que fue esa humeante pila, los carboneros se toman un momento para observarlo. El ritual está llegando a su fin, y pronto todos volverán a sus casas, esperando durante un año entero reunirse de nuevo en el bosque. Todos dicen echar La Carbonera tremendamente de menos, la gente, el cansancio, el olor a humo que por su intensidad no parece querer desprenderse nunca de todo aquello que ha impregnado… Este grupo de hombres y mujeres se erigen como guardianes del más dulce consuelo que uno puede encontrar: el saber que siempre habrá alguien que estará dispuesto a compartir su existencia con los demás y a devolver a la vida todo lo que antes le había tomado prestado.












