Josefina Cuello López se suma a la longeva nómina de centenarias de la comarca del Somontano al haber cumplido el pasado 29 de septiembre los 100 años de vida que celebró en compañía de su familia con la buena salud que conserva. Josefina nació en Coscojuela de Fantova el día de San Miguel en el que se ratificaban los “contratos” para trabajar en el campo o en el servicio doméstico de las familias mas pudientes. Una tarea que le llevo a los 18 años a Barbastro a “servir en la casa de un abogado”. Desde entonces ya no paró de trabajar en las casas, y especialmente para los propietarios de la Churrería, muy recordada por tantos trabajadores y niños de la posguerra, o en casa Aisela. “Me ha tocado que trabajar mucho haciendo faenas, corriendo de casa en casa y fregando de rodillas, una vida muy esclava”, cuenta.
Josefina nació en el seno de una familia humilde en Casa Rañín. Sus padres Teresa, oriunda de Lascuarres y que ejercía de comadrona, e Ignacio, de Coscojuela, tuvieron nueve hermanos: Teresa, Ignacio, José, Ramón, Manolo, Joséfina, Carmen, Antonio y Ángel. Se instaló en Barbastro en la calle Oncinellas, donde vivían sus hermanos José y Ramón, y allí se casó aunque enviudó prematuramente con cuarenta años. En solitario tuvo que sacar adelante a dos hijos, Fina y Pepe, hasta que estos tuvieron edad para ganarse la vida. La familia se completa con dos nietos, Mabel y Santi, y cuatro biznietos.
Recuerda con los buenos momentos que vivió en su Coscojuela natal. Entre risas cuenta cómo se juntaba “una cuadrilla y había baile en la era de la casa Valero porque dos o tres tocaban la guitarra y mi hermano Ramón el acordeón”, los domingos. “No se estaba mal. Íbamos a pasear y al monte a trabajar y a cobrar mi padre, todo para casa. Entonces estaba muy animado el pueblo, había mucha gente”, explica.
Josefina conserva muchos recuerdos de esa época y se encuentra en un estado envidiable para su edad, gracias a los cuidados de su hija Fina y al buen apetito que tiene. Su fortaleza le llevo a superar el coronavirus el pasado octubre cuando los médicos ya la daban por desahuciada. “No sé como me da Dios tanta inteligencia aún”, señala.
Su rutina, tras el baño y el desayuno con la pastilla te la tensión es ver la misa por la tele, los programas de Tele 5 o “ver bajar y subir los coches por la carretera Graus. Aquí me paso la vida, y en la galería hablando con los vecinos”. A la vida ya “no le pide nada, que me den lo que quieran. Estoy contenta con la vida que he llevado, aunque me ha tocado de trotar, y con la que llevo ahora. He sido feliz”.




