Handa el chueves, mai antes habeba acudiu a un debate electoral; las eleccions monecipals tocaban el domingo. Per los bars u las pllazas se sentiba dir que allí se decediría el voto. Seguntes las encuestas, el resultau podeba decantar-se enta cualquier lau, onque se uloraba el cambio. El salón de pllenos de casa la Villa rebutiba de chent. Como i va llegar con el tiempo chusto, me va tocar de quedar-me de peu adetrás de tot.
De los cinco candidatos, la uno era José Mari, l’alcalde d’ara. Tamé estaba Alejandro. En los zagueros 30 años, entre ellos dos s’habeban iu repartind l’alcaldía. Los atros tres no eran pas desconocius. Encara que no hesen llegau a mandar, aspiraban a fer-se puesto y a pasar enta debant. Me va llamar l’atención veyer a unos de la televisión. Almenistraba l’acto un conociu periodista. Va expllicar las normas y establlecer en qué orden teniban que habllar. É un misache respetau, con una d’ixas voces escuras y tobas capaz de templlar los ánimos per mui desboldregaus que estén.
No le’n va valer. Menutos dimpués d’encomenzar, aquello ya s’habeba desmadrau, como la garba en metat d’una tronada.
De primeras, los turnos se seguiban. Manimenos, deseguida se va fer un bollicón que no s’acllaraba nenguno. La madeixa la van desparar José Mari y Alejandro. Los de demás feban caso a las endicacions del periodista y s’expresaban con la educación que se le suposa a cualsiquiera que conte con dentrar a un gubierno. Estes dos no. Interrumpiban si no les convenceba lo que s’estaba dind y llevantaban la voz como si estasen arreand al ganau. Amás, a la media hora ya van fer servir los insultos. El moderador, como uno que querise frenar l’aigua cuan baixa a tot meter per una barrancada, no’n daba salida.
El públlico se va ir calentand a la par que los candidatos, y onque no se podese intervenir, se van sentir gritos a favor y en contra amagaus entre’l desbol. Una pareja de cevils se i va llevar esposau a uno que estaba espllentand a los que’l creticaban.
Alejandro braceaba y acusaba a José Mari de chanchulls con unas obras. Este señalaba al primero con el dedo, como si’l amenazase, y le recordaba cuan el van investigar per unas comisions. Entre la choldra, a los atros tres no se les entendeba un sacre. No me van quedar ganas de tornar a un circo d’ixes.
El domingo va ganar las eleccions Alejandro, con mayoría absoluta. José Mari va quedar segundo a pocos votos. A los atros escasamente les van fer caso. El llunes, per la mía faena, va ir a l’atra punta la provincia. Va determinar de cenar a un restaurant prou nombrau que conoceba. Nomás quedaba una mesa a una especie de reservau, en un rinconet ben pincho amagau entre pilars y pllantas decorativas. Va tardar un no res en dar-me cuenta de quí estaban asentaus al lau mío; José Mari, Alejandro y las suyas mullers. Al prencipio charraban fllojet, pero cuan les van sacar el café y el cava que se i van pedir ya se les ne va tenir igual de dar-se a conocer. Ellos se’n reíban y se daban palmadas a la esquena. Ellas brindaban y pllaneaban de ir-se-ne a veranear toz chuntos a la playa.
Va cenar aprisa. Postre no’n va querir. Va pagar, me va llevantar y va salir d’allí antes de que me se cortase la digestión. Alejandro va recllamar al camarero que les llevase unos chupitos.


