Otro cierre en la ciudad. Esta vez le ha tocado a un café en el paseo del Coso. Otra pérdida. Los comercios, bares, restaurantes, empresas de servicios, al pie de la calle dando luz al anochecer, limpieza a las aceras por las mañanas, proyectando ilusión siempre. El comercio de la ciudad, la define. Al frente de uno cualquiera de estos: el autónomo.
El autónomo anónimo al que no se le da luz con galardones o reconocimientos públicos, de quien nos acordamos cuando ha desaparecido. Un Oscar, un Goya, un Germana de Foix al autónomo ordinario, común, por su abnegación, por contribuir a la belleza de la ciudad, por el deleite que producen al paseante sus luces y escaparates.
Al tendero, al viajante, al profesional, al pequeño empresario, a la gran mayoría de los autónomos de convicción, a todos ellos que pagan sus deudas, los impuestos, tasas y contribuciones, hasta la más mínima multa impuesta por descuido, todos ellos, digo, se merecen algo más que una triste despedida cuando cuelgan el mandil, el guardapolvo o la chaqueta. Animaos a manifestarles vuestra aprobación ahora que tenéis oportunidad de trasmitirles alegría y satisfacción. ¡Compradles, consumid, leed, comed! Después ya sabéis: unas líneas -a veces de mero trámite- siempre en el mejor de los casos, y oscuridad para siempre. Otro día en la ciudad.



